Opinión

Las cinco certezas de un final sangriento

7 de noviembre de 2019, 3:00 AM
7 de noviembre de 2019, 3:00 AM

El arrollador poder demostrado por el movimiento ciudadano ha desnudado una sociedad que la hegemonía masista se había encargado de invisibilizar. 

La primera constatación es que detrás del discurso indigenista del gobierno, había una inmensa clase media compuesta por todos los estratos de la sociedad boliviana conformada, además, por una multiplicidad de culturas y filiaciones étnicas que se identificaban, antes que nada, con la democracia a la que los discursos de un socialismo fracasado nunca convencieron.

La segunda develación es que por debajo de la aparentemente poderosa estructura de Poder que el MAS, y particularmente Evo Morales creía controlar, se movía una sociedad civil adversa, muy lejos de las capacidades de maniobra del oficialismo. 

De alguna manera la crisis hizo evidente que Evo Morales nunca gobernó el país; sino, aquellas parcialidades racialmente definidas bajo el eufemismo de “pueblo”, un pueblo que, para el masismo, cabía de lleno en los campos soleados del Chapare y el altiplano andino.

La tercera certidumbre es aún más sorprendente. Las multitudinarias manifestaciones y la incontrolable presencia de las clases medias dejaron irremediablemente claro que los 13 años del MAS no habían hecho mella en la conciencia democrática del pueblo. Todo el discurso racial, étnico, discriminador y de corte fascista que el régimen esparcía por doquier año tras año, no sirvieron de nada. Hoy, la gran mayoría del pueblo rechaza el fracasado Socialismo del Siglo XXI y sus versiones neofascistas brutalmente encarnadas en el dictador venezolano, ícono públicamente venerado por el caudillo nacional.

La cuarta certidumbre apunta a develar que el liderazgo hasta hace poco sacrosanto de Evo Morales no era más que un espejismo. Era la imagen que el masismo pretendía que viera toda la sociedad boliviana y que, finalmente resulto ser solo una imagen fractal; visible para unos e invisible para la gran mayoría. 

El 21-F fue el momento en que la imagen se hizo pedazos como un espejo de mala calidad, y el caudillo paso de la imaginaria gloria de la que se jactaba discretamente, a la debacle de su propio derrumbe.

 El tiro de gracia lo dio un joven líder cruceño, José Luis Camacho, que en menos de un abrir y cerrar de ojos tiro al tacho de la historia todas las idolatrías y la ego-mítica manía del estadista que nunca fue.

La quinta certidumbre es quizá la de mayor trascendencia histórica. Preso de sus propias mentiras y rodeado de un círculo incapaz de leer la realidad que lo rodea, el caudillo terminó proyectando la imagen que habían tratado de ocultar a lo largo de casi tres quinquenios: no era un estadista a la altura de los tiempos que nos toca vivir; solo era un dictador más, de esos que al final de la jornada solo tienen la fuerza bruta para escribir el último capítulo del drama. Lo malo de todo esto que ese capítulo, por lo general, lo escriben con la sangre del pueblo.

El tiempo será finalmente el que dé el último veredicto, entre tanto, el juicio ciudadano ya sabe que el que tiene al frente está lejos de ser el que aparentaron mostrar.



Tags