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20 de diciembre de 2022, 7:00 AM
20 de diciembre de 2022, 7:00 AM

Dos días después de la gran final, millones de aficionados aún comentan la dramática definición por penales que permitió a la selección argentina conquistar su tercer campeonato mundial.

Todo volvió a la normalidad en la sede del mundial. Selecciones, dirigentes, aficionados y periodistas retornaron a sus casas y se acabó ese delirante ritmo de trabajo que arrancó en 2010, cuando Qatar, un país sin estadios ni fútbol profesional, logró ser elegido como anfitrión para la cita de 2022.

¿Qué ventaja tuvo Qatar para conseguir esa elección? Dólares, miles de millones de dólares que invirtió para construir toda la infraestructura hotelera, deportiva y de telecomunicaciones que permita albergar el torneo cumbre del fútbol. Mucha tinta corrió sobre esa historia de sobornos y complicidades, todo sintetizado en  un elocuente sustantivo: Fifagate

La emocionante final no será suficiente para eliminar la sombra de corrupción que se cierne sobre el mundial más oneroso de la historia, caro en vidas y oscuro en nexos entre gobiernos y dirigentes deportivos; tampoco hará desparecer las denuncias de sistemática violación de los derechos humanos de mujeres, población Lgtbiq+ y más de 6.500 migrantes trabajadores que fallecieron en la construcción de estadios, en extenuantes jornadas de trabajo.

Catar 2022 fue el mundial de la censura. Los jugadores fueron amenazados con sanciones si se atrevían a usar cintillos que reivindicaban la lucha del colectivo Lgtbiq+; la selección danesa no pudo utilizar en sus entrenamientos ponchillos con el lema “derechos humanos para todos” y los periodistas sufrieron serias restricciones a su trabajo.

En 1978, el dictador argentino Jorge Rafael Videla no tuvo mejor idea que tratar de lavar su imagen organizando un mundial y contó con el decidido apoyo de Joao Havelange. Videla quiso convertir a Argentina 78 en un gran evento de relaciones públicas. La albiceleste ganó su primer mundial para regocijo de millones de argentinos, incluso los detenidos y torturados fueron sacados en camionetas para gritar ¡Argentina campeón!

Pero fue precisamente esa la rendija que aprovecharon los activistas de derechos humanos para ingresar a territorio argentino, documentar los horrores de la dictadura y gestionar una visita de la CIDH que derivó en un informe lapidario sobre desapariciones forzadas y tratos crueles, inhumanos y degradantes.

Hace cuatro años, en Rusia 2018, Vladimir Putin también tuvo su momento de buena fama como anfitrión de un mundial de futbol; por cierto, la adjudicación de esa sede también estuvo rodeada de sospechas de compra de votos y pagos de favores. Hoy, todo el mundo sabe quién es y qué hace Vladimir Putin.

Mientras Messi levanta la copa en Qatar, en Irán, Amir Nasr-Azadani, un futbolista profesional de 26 años, afronta la pena de muerte por haber participado en protestas a favor de los derechos de las mujeres en su país. El deportista está acusado por el delito de “enemistad con Dios”.

La posible ejecución ha desatado una unánime condena internacional, pero la FIFA calla y se refugia en su lugar común: no mezclar política y deporte. No lo hace para defender los derechos humanos que son universales, pero la historia demuestra que carece de escrúpulos para asociarse con autoritarios y dictadores en nombre del más popular de los deportes.

Bien decía el recordado Diego Armando Maradona: “la pelota no se mancha”, pero, definitivamente, la conciencia de los todopoderosos de la FIFA nunca estará limpia.

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