Opinión

Las elecciones y los espejismos del poder

21 de octubre de 2020, 5:00 AM
21 de octubre de 2020, 5:00 AM

Presenciamos un hecho recurrente en la historia nacional, la democracia queda en manos de los peores.

Podríamos decir que esto expresa las deficiencias de la democracia, o tal vez la precariedad de una conciencia social de largo alcance, o tal vez, que nos merecemos el tirano que tendremos, o probablemente lo endeble que es la voluntad del pueblo, frágil y vulnerable. Ya no importa. Perdimos la democracia.

Podríamos atribuir a este fiasco de dimensiones astrales al accionar de los medios y su influjo en el comportamiento electoral de la ciudadanía. Nada más falso. Los candidatos apenas si tuvieron oportunidad de utilizarlos.

Quizá, una sobresaturación de mensajes terminó rememorando en los votantes tiempos más silenciosos. Nada que ver, si algo caracterizó el Gobierno del MAS fue una campaña de 14 años en la que nos acostumbramos al improperio, al insulto y la devaluación del oponente por 24 horas ininterrumpidas. Ya teníamos los anticuerpos.

Tal vez, sea necesario elevarnos a niveles mucho más metafísicos y decir que este es un castigo divino, y que finalmente tendremos lo que nos merecemos. Imposible, Dios no tiene ningún interés electoral en virtud de su carácter universal, y es poco probable que la conciencia democrática que mostró el pueblo boliviano desde el 21F pueda haberse esfumado en tan poco tiempo.

Quizá sea una secuela de la pandemia. Un extraño síndrome de idiotez que produjo en la psiquis de los bolivianos espejismos imposibles y creó discursos ridículos que parecían verdades inobjetables. Esto es más probable, excepto que todos los estudios sobre el coronavirus muestran que no tiene ese tipo de efectos sicológicos.

Lo más probable es que sea la estupidez humana el origen de esta derrota que le habrá de costar a la nación varias decenas de años. Una estupidez manchada de ambiciones inconmensurables, una verdadera borrachera anticipada de poder cuya estrella se llama Luis Fernando Camacho, seguido de una cohorte faraónica de ineptos que conscientes del daño que le hacían a la nación entera, no dudaron un minuto en radicalizar sus utopías y desbaratar un esquema electoral que, de haberse logrado en unidad, habría bloqueado la victoria del MAS en primera vuelta y con mayoría parlamentaria.

Camacho y el resto de los que complotaron contra la democracia boliviana nunca sobrepasaron los 16 puntos (sumados todos) El primero articuló un discurso victorioso frente a una pléyade de jóvenes inexpertos en política que se dejaron embaucar, los otros, Chi y compañía, no pasaron de hacer campañas dignas de un circo griego desde un púlpito mentiroso y desleal.

Una última posibilidad es que Creemos haya sido parte de un plan masista, y que la desmedida ambición de poder de su líder los hubiera enceguecido al punto de olvidar que sacrificaban las expectativas de una nación entera, y de una generación en que el país puso toda su fe. Esto es más probable.

Fuese cual fuese la motivación, la estupidez o los apetitos detrás de este fracaso colosal, ha llegado la hora de que rindan cuentas. De que las oscuras fuerzas que los animaron a enterrar la democracia boliviana salgan a la luz, y de que la implacable justicia de un pueblo que les suplicó unidad en torno a la única opción posible de frenar al MAS, Carlos Mesa, emita su inapelable juicio frente a la historia.

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