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27 de julio de 2022, 4:00 AM
27 de julio de 2022, 4:00 AM

Ronald Nostas

Hace algunas semanas, el director ejecutivo del Servicio Plurinacional de Registro de Comercio (Seprec), afirmó que en Bolivia hay 120.410 empresas vigentes, es decir que cuentan con matrícula activa. Este dato corrige un enfoque equivocado que establecía en 355.335 la cantidad de unidades empresariales en funcionamiento, siendo que en realidad este número corresponde al total histórico de las inscripciones. La diferencia entre ambas cifras, muestra además que solo el 34% de las empresas que alguna vez se inscribieron, sea en el Recsa, Fundempresa o el Seprec, se mantiene en funcionamiento.

La cantidad de empresas activas ha variado solo 5% en relación al 2014, cuando sumaba 114.981, es decir que en los últimos ocho años se ha registrado un aumento anual promedio de apenas 678 nuevas empresas que se sostienen en actividad, pese a que en el mismo periodo se inscribieron 179.246 nuevas unidades y cerraron 45.793.

Adicionalmente a las registradas, existe una gran cantidad de micro y pequeñas empresas que no están inscritas en el Seprec, y que, según datos proporcionados por sus organizaciones gremiales, superarían las 600.000. Muchas de ellas están en la informalidad u operan con serias limitaciones, ya que al carecer de registro, no habilitan para obtener créditos bancarios o participar en licitaciones públicas.

Aun sumando ambas categorías (las empresas activas y las mypes), en términos absolutos estamos distantes del resto de los países de la región.  A diciembre de 2019, Perú tenía 2.838.000 empresas inscritas; Paraguay 870.000; Ecuador 882.000; Chile 1.294.000; Argentina 856.300; Colombia 1.620.000; y Uruguay 203.700.  Sin embargo, al mismo tiempo, somos uno de los países con mayor tendencia a la iniciativa privada de la región.  En Bolivia hay aproximadamente 6.390 emprendimientos por cada 100.000 habitantes; en Argentina 1.810; en Colombia 3.216; en Chile 6.632; en Perú 8.572; en Uruguay 5.800; en Ecuador 4.859 y en Paraguay 11.661.

El 87% de las empresas activas en Bolivia son pymes; 70% son unipersonales; 77% se concentra en 3 departamentos; el 36% se dedican al comercio y el 10% a la industria manufacturera. Si consideramos el sector privado en su conjunto, es responsable del 75% del PIB y del 88% del empleo urbano; está presente hasta en el último rincón del país; impulsa a todas las áreas sociales y económicas; es el motor de la innovación y la investigación; y contribuye a la ciencia, la cultura y al bienestar.

Si tuviéramos que caracterizar al sector empresarial boliviano, podríamos afirmar que es sólido, familiar, sin ningún sesgo ni discriminación, y desprotegido; y al mismo tiempo resiliente, comprometido, arriesgado y dinámico.

La combinación de sus fortalezas y amenazas, y su adaptabilidad a los diversos entornos, le han dado una gran capacidad para mantener el impulso y la estabilidad, a pesar de las crisis políticas, económicas y sociales que vivió, y a los grandes riesgos y desequilibrios en los que desenvuelve su actividad.

Pero también -por el entorno complejo-, las empresas bolivianas suelen ser muy vulnerables.  Son pocos los casos en que las pymes se transforman en medianas y estas en grandes y, por el contrario, es muy común que proyectos empresariales que nacen con mucho impulso, sucumban al poco tiempo, incluso en épocas de bonanza y estabilidad.

Otro rasgo característico es su accesibilidad plena, lo que se expresa en el hecho que, en los emprendimientos de cualquier rubro, lugar, tipo o dimensión, participan ciudadanos de todos los orígenes, clases, grupos e incluso edades, sin ninguna discriminación.

Entre sus pendientes quizás el más urgente sea una mayor articulación entre grandes, medianas y pequeñas, lo que a su vez fortalecerá la unidad, especialmente al momento de defender derechos que afectan a todo el sector.  También es necesario disminuir la brecha tecnológica que separa a las grandes de las pymes; impulsar una mayor internacionalización y apostar por los sistemas de colaboración, clúster y asociaciones accidentales.

Bolivia tiene una cultura de negocios profundamente enraizada en su población, pero una cultura empresarial todavía insuficiente.  Hay mucha potencialidad y compromiso en el sector, que necesita fortalecerse, y grandes valores que deben preservarse como la libre empresa, la propiedad privada, el trabajo, la búsqueda de la excelencia, la igualdad, inclusión y la armonía con el medio ambiente.

La experiencia acumulada por las empresas y su gran capacidad de reinventarse, serán más determinantes que nunca en estos momentos de nuevas amenazas emergentes de la crisis, como la eventualidad de más presiones impositivas, aumento de la conflictividad social y sobredemandas en relación al empleo, la producción y los precios.

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