3 de agosto de 2023, 4:00 AM
3 de agosto de 2023, 4:00 AM


La noticia que está recorriendo por todos lados sobre la supuesta amante ecuatoriana que hubiera tenido el general Augusto Pinochet, nos hace rememorar la Historia, y llegar a la conclusión de que a los hombres que les gustó mandar, que tuvieron el poder en sus manos, también les fascinaron las mujeres y los amores, furtivos o no. Desde el punto de vista de los varones parece algo natural.

El “affaire Pinochet”, nos lleva a muchas elucubraciones y concluimos en que es cierto que el poder es algo que se convierte en un encanto muy cercano al sexo. Si a los políticos engrandecidos los vitorean y los aman los hombres, ¿por qué no los van a amar las mujeres? ¿No se dice acaso que el poder entraña mucha más sensualidad que la intelectualidad o el arte?

El general Pinochet no era un hombre poderoso cuando se enamoró y cautivó a la bella ecuatoriana. Tampoco se supo que después fuera un mujeriego ni mucho menos. Allende y Neruda sí tenían fama de ser fervientes amantes del bello sexo. Eso solo para hablar de personajes chilenos. No era el caso de Bolívar y Manuelita Sáenz, otra ecuatoriana rompe corazones.

Bolívar ya era todo un héroe cuando se conocieron y ese amor perduró. O de los amores inmensos del Mariscal Solano López con Madame Lynch, en esa terrible guerra de exterminio de la Triple Alianza que sufrió el Paraguay, cuando la Lynch acompañó a su hombre hasta en la última batalla, estando todo perdido, para sepultar a su joven hijo combatiente abriendo una fosa con sus manos.

Pero si vamos hacia atrás, entre nuestros conocidos americanos del siglo pasado, nos encontramos con protagonistas famosos pero menos heroicos, como Trujillo –y su yerno Rubirosa–, los Batista, Somoza, Pérez Jiménez, y con otros dignatarios centroamericanos y del Caribe, nombres de cuyas concubinas no se han registrado porque eran muchas o porque lo ignoramos.

De Fidel Castro, poderoso entre los poderosos, admirado por las muchachas de la Revolución, no se mencionan affaires, seguramente que por el cuidado de su imagen que estaba a cargo de la inteligencia cubana o de la KGB soviética. Y del general Perón no sabemos si se ha investigado más allá de Evita –amada y odiada– a quien hizo su esposa, pero pudo ser que Isabelita no fuera la única heredera de su enamoramiento.

En cuanto a Bolivia, desconfiamos que haya pasado por el Palacio algún santurrón célibe, y lo dudamos muchísimo, porque la mayoría de nuestros mandamases fueron cazadores en chicherías del campo y de los pueblitos donde la oscuridad caía temprano. Entonces es difícil registrar los nombres de las musas, con pollera o vestido. Dios sabrá. Y no se diga que los enamoradizos eran solo militares entorchados, hinchados de vanidad y poder, sino también doctores serios, de anteojos, traje y corbata, con matrimonios bendecidos en la Iglesia y larga prole, que mantenían a su costa, al estilo caribeño, la “casa chica”.

¿Y entre los grandes hombres de la humanidad? ¿De los que hicieron historia luchando? De Alejandro poco se sabe (o poco sé yo) pero fue un joven guerrero que pasó su corta vida montado a caballo, persiguiendo adversarios para expandir su imperio. De Aníbal se sabe poco también porque pasó su existencia en campamentos jurando acabar con la odiada Roma. Otra cosa fue César que tuvo mujeres, pero, por ahí, estuvo también acostado en el lecho de algún fornido joven bárbaro. Sabemos que esto de poseer mancebos no era una novedad entre griegos y romanos. Sucedió con el mitológico e invencible Aquiles que, según Homero, lloró inconsolablemente la muerte de su amigo y amante Patroclo.

Habría que dar un salto hasta Napoleón, 2000 años después, para encontrar a otro poderoso que no pudo conformarse con una sola mujer y que tenía grandes debilidades por el sexo opuesto. Aunque amaba a Josefina, tuvo otras queridas, y la bella y noble polaca María Walewska fue su gran amor o, por lo menos, su amante más conocida, con la que tuvo un hijo.

¿Y en el siglo pasado? ¿Cómo fueron los poderosos que hicieron historias pasionales? Seguramente que Mussolini fue quien tuvo mayor afición por las mujeres. Era muy sabido que amaba vorazmente a las “ragazzas”, hasta que cayó en brazos de Claretta Petacci, hermosa y fiel, que acabó fusilada con él por unos partisanos rojos y luego colgada “de las patas”, junto a su enamoradizo amante, en una plaza de Milán, en los últimos días de la II Guerra Mundial. La Petacci fue una heroína enamorada, como otras, en esas horas que olían a muerte.

De Stalin poco se sabe, precisamente por los secretos que guardaba el Kremlin, pero no se llegó a esconder que el dictador comunista tenía debilidad por las mujeres y que su vida pasional fue muy activa. En cuanto a Hitler, sus amores fueron fríos y complejos. El amor sexual no lo conmovía. Como buen autócrata escondió a la única mujer que estuvo a su lado durante casi toda su vida política: la desabrida Eva Braun. Eva, enamorada de Hitler, decidió por el suicidio junto a él, antes de huir al final de la guerra. Con diferencia de pocas horas, tuvo el mismo destino cruel de la Petacci. Pero entre los nazis no podría faltar un mujeriego destacado y ese fue el menos ario, enclenque, pequeño y cojo, el menos atractivo de todos: Goebbels. El poderoso ministro de Propaganda del Reich tuvo muchas queridas, y la que ha quedado grabada para la historia fue la hermosa actriz checoslovaca Lida Baarová, que, se escribe, estuvo cerca de provocar el divorcio de Goebbels, que tenía un hogar con seis hijos, y que Hitler lo impidió. Goebbels, su esposa Magda, y sus seis hijos, murieron en el bunker de Hitler, horas después de que éste se suicidara. Finales trágicos para las mujeres, como podemos ver.

¿Y Franco? ¿El Caudillo por la gracia de Dios? Por lo que se sabe –y no lo desmienten ni sus enemigos– fue un buen esposo. Por lo menos no se le conoce romance alguno después de su matrimonio con doña Carmen Polo, ni cuando, años después, fue dueño y señor de España. Y antes era imposible que Franco hubiera tenido mujeres, estando destinado en el Ejército de África, lugar para bravos, viviendo entre sus legionarios y moros tremendamente hostiles; peleando cuerpo a cuerpo muchas veces, tragando arena, sin agua, y oliendo a sudor y mierda, como sus hombres.

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