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2 de octubre de 2023, 4:00 AM
2 de octubre de 2023, 4:00 AM

El secretario general de la Organización de las Naciones Unidas, António Guterres, advirtió que la crisis climática causada por la actividad humana ha abierto las “puertas del infierno”. La sequía, las inundaciones, las temperaturas sofocantes, los incendios históricos, figuran como los hechos causantes de multiplicar las emisiones de gas de efecto invernadero y complicar la crisis climática.

Como advirtiera el jurista italiano Luigi Ferrajoli, existen problemas globales que no forman parte de la agenda política de los gobiernos nacionales, como el calentamiento global, las amenazas a la paz mundial, el crecimiento de las desigualdades, la muerte de millones de personas todos los años por falta de agua potable, de alimentación básica y de fármacos esenciales, o las masas de migrantes que huyen de las condiciones de miseria y degradación de sus países.

Pero estas tragedias no son fenómenos naturales, ni tampoco simples injusticias. Por el contrario, son violaciones masivas de los derechos fundamentales estipulados en las diversas cartas constitucionales vigentes, tanto nacionales como supranacionales. La humanidad se encuentra hoy en una encrucijada de la historia, seguramente la más dramática y decisiva: sufrir y sucumbir a las múltiple catástrofes y emergencias globales, o bien hacerles frente, oponiéndole la construcción de idóneas garantías constitucionales a escala planetaria, proyectadas por la razón jurídica y política.

En realidad, por primera vez en la historia, a causa de la catástrofe ecológica, el género humano está en riesgo de extinción: no una extinción natural como la de los dinosaurios, sino un insensato suicidio masivo debido a la actividad irresponsable de los propios seres humanos. Todo esto está desde hace muchos años a la vista de todos, documentado de manera coincidente por una inmensa literatura. Incluso los responsables de estas emergencias y amenazas (los gobernantes de las mayores potencias y los grandes actores de la economía mundial) son totalmente conscientes de que el cambio climático, la elevación del nivel de los mares, la destrucción de la biodiversidad, las contaminaciones y los procesos de deforestación y desertificación están trastornando a la humanidad y son debido a sus propios comportamientos. Sin embargo, seguimos actuando como si fuésemos las últimas generaciones que viven sobre la Tierra.

Para el jurista italiano, se trata de una situación sin precedentes en la historia. Y recuerda que de esta elemental conciencia nació la idea de dar vida a un movimiento de opinión (cuya primera asamblea se celebró en Roma el 21 de febrero de 2020) dirigido a promover una Constitución de la Tierra capaz de imponer límites y vínculos a los poderes salvajes de los Estados soberanos y de los mercados globales, en garantías de los derechos humanos y de los bienes comunes de todos.

El aspecto más alarmante y desconcertante de los desafíos y las emergencias actuales es la ausencia de una respuesta política e institucional a su altura, debido al hecho de que éstos no forman parte de la agenda política de los gobiernos nacionales y solo podrían ser afrontados con éxito a escala global. De ahí que, en relación con los poderes globales, tanto políticos como económicos, esta respuesta se haya visto como una ampliación del paradigma constitucional que, en el siglo pasado, gracias a la estipulación de constituciones rígidas, ancló las democracias nacionales a las garantías de los derechos fundamentales de sus ciudadanos.

Se trata de buscar una refundación del pacto de convivencia pacífica entre todos los pueblos de la Tierra, ya estipulado con la Carta de la ONU de 1945 y con las diversas Convenciones sobre DDHH, pero que hasta ahora resulta ser llamativamente inefectivo a causa de la falta de funciones e instituciones idóneas de garantías de carácter supranacional.

No es la primera vez que se manifiesta la necesidad de un pacto constitucional de refundación del derecho y de la política. La humanidad se encuentra hoy de nuevo ante una encrucijada de la historia, seguramente la más dramática y decisiva: sufrir y sucumbir a las múltiples amenazas y emergencias globales, o bien hacerles frente, oponiéndoles la construcción de idóneas garantías constitucionales a escala planetaria, proyectadas por la razón jurídica y política.



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