16 de febrero de 2022, 4:00 AM
16 de febrero de 2022, 4:00 AM


El impacto más fuerte suele ser al llegar. Primero porque el recién arribado tiene otros ojos, nuevas percepciones y otras expectativas. Segundo porque viene recargado de otros modelos de aeropuertos y otra organización. Aunque lo sabemos, volvemos a reiterar falencias e imperfecciones que nos cachetean la otra mejilla. Puede ser porque no avanzamos o porque los demás lo hacen muy rápido y las diferencias, en el país de las diferencias, se hacen más notorias.

El golpe de calor húmedo nos da la bienvenida y nos devuelve a un presente que habíamos dejado en la anécdota. Los largos pasillos hacia la obligada parada de Migración tiene un par de obstáculos. El primero es la mecanicidad de varios escalones abajo con curvas y contracurvas, a las que no todos los pasajeros están dispuestos a sortear fácilmente, sobre todo, con abrigos y pequeños bolsos y maletas de mano. A esta simple dificultad se le agrega la “soporosa” espera de decenas de personas que aguardan su turno. Del otro lado escasos funcionarios trabajan a cuenta gotas. Allí los protocolos, las medidas de bioseguridad y la ‘educación vial’ faltan a la cita.

Apiñados, enroscados, azorados y acalorados, las divisiones de las filas no parecen ser la solución al problema del congestionamiento. Un hombre de uniforme verde ordena dividir una de las 6 filas en dos, para ser atendidos por la misma ventanilla. Una participación inocua y nada efectiva, pero los comensales obedecen. La retirada de la autoridad hacia ningún lugar se pierde con las manos atrás y el deber cumplido. Luego de casi una hora quienes pasan la barrera del sello de bienvenida deben apurarse a tomar otra fila serpenteante entre columnas y otros obstáculos de oficina, en procura del papeleo sanitario. Esta fila única es más disputada y, a medida que se acerca al objetivo, se apiña sin motivo. Esta espera parece más corta, tal vez porque se dispone de más personal o porque la supuesta revisión es más escueta y resbaladiza.

Mientras tanto las cintas transportadoras de equipaje pesado ya acarrearon todo el peso muerto y alguien las fue extirpando para acomodarlas azarosamente por la gran sala. Ese mosaico de maletas de colores es un Mondrian cubista ante los ojos achinados de los mayores que buscan sin encontrar sus pertenencias. Ya habrá tiempo para ese acertijo, porque la aventura continúa.

El cansancio y la ansiedad van tomando cuerpo ante la necesidad de algunos de tomar otras conexiones y ver que el tiempo se les escurre entre los sesos. Quienes tienen más de dos bultos acrecientan su angustia ante las dificultades de hallar sus maletas y desentrañar la forma de agruparlas. Entre la maraña de atadijos va la gente arrastrando sus pies y alargando sus ojos. Algún que otro personal de chaleco amarillo intenta introducir un carro para ayudar a los más necesitados. Mientras los escáneres de la Aduana comienzan a destripar los contenidos de las cargas.

Al fondo, a la derecha, se forma otra fila. El griterío es la forma de conseguir los mencionados carros de equipaje que parecieran tener un cartel de “se busca”. Algunos funcionarios traen de a tres y se aseguran de al menos uno antes de que se los extirpen de la mano. Las mujeres gritan más, se hacen sentir. Los modales europeos de “buena conducta” que simulaban tener antes de subir a la nave en Madrid, se ahogaron en cualquier pozo de aire.

Una señora mayor vestida de monja se resiste a hacer la fila para conseguir carros y va y viene en alta protesta. La discusión con un policía de seguridad termina cuando el hombre esgrime que no tiene nada que ver con el asunto y responsabiliza a los agitados maleteros. Los gritos ya ensordecen y son las 6:30.

Afuera el sol despunta y los familiares comienzan a agruparse junto a las vendedoras de café y mocochinchi en la vereda de Viru Viru.

A medida que llegan carros, se fuga la gente entre los mostradores y la revisión aduanera. Se abren y cierran las maletas para encontrar lo prohibido.

Después de casi dos horas podemos salir a tomar aire, sin barbijo y sin Hub, al menos se escucha el canto de los pájaros y los rayos del sol ya están altos y fogosos. ¡Bienvenidos, tierra bella!

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