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Todos los viernes, entre las 15:00 a 16:00, desde hace casi una decena de años, los vecinos del barrio La Morita lo ven pasar montando en algunas de sus dos bicicletas. Con su característico sombrero, lentes redondos y su traje oscuro lleno de lentejuelas y letras pintadas, Eduardo Quiller saluda y es reconocido por chicos y grandes. 

Si va en la bici negra es para anunciar con su altavoz las actividades de la Biblioteca y Centro Cultural Guaracal-La Morita, de la que él es responsable. Si es la de tres ruedas es que va cargado de libros y revistas que regala o invita a leerlos, mientras canta una de sus canciones. Quiller podría ser solo un personaje pintoresco de la zona sur de la capital cruceña. Sin embargo, además de bibliotecólogo, músico y poeta ha sido y es un activista cultural decisivo en la gestación y consolidación de espacios para la cultura fuera del centro de la ciudad.

Uno de ellos es la biblioteca y centro cultural que actualmente dirige, cuya historia está muy ligada a su Bibliobici, con la que ha llegado a los barrios más alejados de la ciudad.

Quiller ya era un miembro activo de la Unión de Grupos Culturales, cuando fundó junto a sus hermanos el grupo Nuevo Horizonte, con los que realizaba actuaciones y otras actividades en el centro cultural Guaracal-La Morita, espacio del que tiempo después fue nombrado responsable de la biblioteca.

Luego, a principios de 2000, ese centro cultural fue cedido por el municipio a una institución para otras funciones e hicieron desaparecer la función por la que fue creada. “Me preguntaron qué hacía allí y les dije que era el bibliotecario, pero me indicaron que iban a ocupar todo el lugar, porque había un convenio entre esa institución y la alcaldía. Después quisieron llevarme a otra biblioteca, pero no quise”, cuenta el bibliotecario, que no quedó conforme con que los libros queden arrinconados y sin uso.

“En la ropa usada compré una maleta, saqué algunos libros y en la bicicleta me salí y me fui por el barrio. En una placita le di a unos niños libros para que lean y a los hijos de la portera de un colegio de la zona y que antes iban a hacer sus tareas a la biblioteca, les pasaba los libros que me pedían. Estaba en eso, cuando pasaba en una movilidad una periodista amiga que me preguntó qué pasaba y luego de contarle me sacó una foto “Al día siguiente era noticia ‘Santa Cruz pierde uno de sus centros culturales’ decía y gracias a eso se revirtió la decisión”, cuenta Quiller, que también había descubierto un nuevo vehículo para seguir difundiendo la cultura la Bibliobici.

Fue así que empezó a adornarla con banderines, globos y otros objetos que hacen que no pase desapercibida. Además, empezó a viajar con ella a otros barrios con el fin de diseminar el apego a la lectura y las artes.

“Pareciera que la Bibliobici no tiene sentido, en estas épocas de internet, de bibliotecas digitales. Sin embargo, para mí es mucho más que una búsqueda de lectores. Es también un instrumento de rebeldía frente a esa modernidad que arrasa con todo, porque, de algún modo cuestiona la forma de vida que estamos adoptando. Es una invitación a que no dejemos las calles, plazas, a que andemos nuestros barrios, que salgamos a la calle, aunque sea a saludar al vecino y de ahí preguntarle cómo esta su familia, etc. Para eso también sirve la Bibliobici, sostiene Quiller.


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