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Me pongo mal cuando veo a mis colegas morir”, dice quien estuvo a punto de engrosar las tristes listas de decesos por Covid-19 entre el personal de salud.

El 14 de mayo, tras aguantar crisis respiratoria y neumonía, el emergenciólogo Erlan Pérez Tórrez se internó, desesperado, en la Caja Nacional de Salud (CNS), donde estaba asegurado.

Él y todo su equipo de Emergencias del Japonés, en total cuatro personas, dieron positivo a coronavirus, pero Erlan fue el más afectado por la enfermedad. Un residente fue el caso más leve, y la licenciada y la auxiliar en Enfermería, si bien se internaron, no pasaron a mayores.

Al ver que más bien empeoraba, pidió que lo lleven al Japonés, donde el 19 de mayo lo intubaron, y así permaneció por 13 días en estado de coma.

“Creí que iba a morir. Cuando el internista me habló de intubación sentí mucho miedo porque hasta ese momento todos los que recibían ventilación mecánica fallecían. Me estresé por 10 segundos, luego pensé en positivo”, recuerda.

Cuando le volvió la calma, se prestó un teléfono, llamó a su pareja, también médico, y le pidió que informe a su familia de la gravedad, ya que él apenas podía hablar.

Transcurrieron los días de inconsciencia en medio de pesadillas, imágenes de túneles, luces y sombras, que Erlan atribuye a los medicamentos, con efectos alucinógenos. Paralelamente, gente querida y amiga oraba por su vida, no solo en Bolivia, también en varios puntos de Sudamérica y hasta en Europa.

“Mi familia vivió momentos muy duros, pero también bonitos por la solidaridad, las oraciones”, rememora.

Su cuadro era muy complicado y ya sonaba una palabra: plasma. Fue entonces que, como cadena de favores, los amigos de la hermana de Erlan se movieron para conseguir plasma en La Paz, que trajeron en avión, transportaron en ambulancia, le inyectaron, como si le devolvieran vida.

“El cambio fue drástico, mi saturación empezó a mejorar y fue alegría para los médicos y mi familia. Al ver que el plasma funcionaba, pidieron otro plasma, con el que me estabilicé y fui recuperando mi parte pulmonar”, cuenta.

Ya el 1 de junio empezaron a despertarlo y le retiraron el tubo. Aún atontado por los sedantes, casi enloquece tratando de quitarse los aparatos y pensando que iban a practicarle una traqueotomía.

Ayuda de extraños

Erlan no pudo conocer a la persona que le salvó la vida al darle la primera unidad de plasma, pero al segundo donante tuvo la oportunidad de atenderlo como médico, aunque supo quién era tiempo después. Se trataba de un varón que fue uno de los primeros voluntarios para salvar vidas gracias a sus anticuerpos, en la época en que era un pecado decir “tuve Covid-19”, porque la gente temía a la enfermedad y al contagio.

Hoy Erlan se siente profundamente agradecido, a Dios y a la gente que lo ayudó mucho en lo económico, porque a pesar de las rebajas en los costos y de la gratuidad en bastantes análisis, el gasto era muy elevado.

“Hasta ahora me sigo enterando de personas que hicieron donaciones para mí. No tenemos deudas por mi tratamiento, eso se logró por las personas que colaboraron, además el Japonés colaboró con no cobrar el 100% de la deuda, la clínica Brasil hizo los laboratorios que no podían hacerse en el Japonés, y permitieron que me recupere por completo ahí, por 15 días”, agradece.

No tiene secuelas, a diferencia de algunas personas que hasta un año después siguen con daños. Dice que es gracias a un colega fisiatra, Oliver Ríos, el único que en ese momento se atrevió a entrar a zona Covid-19 para realizarle fisioterapia.

Descansó un mes y retomó funciones en agosto. Desde entonces está sano y ya recibió las dos dosis de la vacuna.

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