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La herida no sana. “Póngase en mi lugar, imagine por un momento que le hicieran todas las cosas que me hicieron”, recuerda con tristeza María Justita Vásquez Ruiz (61), más conocida como ‘la mujer de San Carlos’, o el primer caso de coronavirus en el país.

Ha pasado exactamente un año y no logra olvidar el trago tan amargo que le tocó beber, sobre todo porque dice que es una persona que jamás hace daño a los demás, y ni en sus peores momentos ha maldecido a otro ser humano.

Compró el pasaje con tres meses de anticipación para estar 45 días en su Bolivia natal de vacaciones, ver a sus hijos y descansar en la casa que se compró en Buen Retiro, pero la infodemia reinante sobre el coronavirus, un pésimo sistema de salud y la presencia del virus en su cuerpo, confluyeron para hacer de su estadía en Bolivia un vía crucis.

La despreciaron en todos los hospitales a los que la ambulancia la llevó. El personal de salud la esperó, pero para pedir que se vaya, aterrorizado por las noticias de muertes, el riesgo de contagio y la falta de medidas de bioseguridad otorgadas.

Solo dos personas dejaron buena huella en la memoria de Justita. “Los doctores Carlos Hurtado y Dorian Jiménez me acompañaron desde el primero hasta el último día. El doctor Hurtado tuvo que llevarme a su casa porque nadie me recibía, también hubo un médico y una licenciada en enfermería, pendientes de mí, en caso de que me pusiera mal”, recuerda.

Justita tuvo su Dios aparte. Nunca sufrió complicaciones, a pesar de estar en el grupo de riesgo con sus seis décadas de vida.

En esos días, a modo de gratitud, ni bien despertaba se ponía a limpiar la única casa donde sí era bienvenida.

“Lo que viví allá fue muy difícil, y no por la enfermedad, sino por todo lo que me hicieron en mi propio país. Es algo que nunca esperé y no quisiera recordarlo por todo el maltrato de la gente que sufrimos mis hijos y yo”, dice.

Pensaba quedarse

Hacía dos años que Justita no visitaba su Patria. En la última venida, en marzo de 2020, quería estudiar el panorama para decidir si quedarse en Bolivia o no, y en el trance obtuvo la respuesta.

“Para decir la verdad, no me quedaron ganas de volver a Bolivia. Si no fuera que allá están mis hijos, no regresaba. Ellos quieren que yo retorne”, confiesa quien elude una fecha de retorno.

Cuando recuerda quiere llorar, le ganan la tristeza y la decepción. “Mi propia gente me hizo esas cosas. Yo que soy una persona que cuando puede ayudar lo hace, jamás me burlé de alguien”, dice.

En algún momento le contaron que había gente que hasta quería matarla porque por su culpa la enfermedad estaba en Bolivia, “como si hubiera sido a propósito, hasta dijeron que fui a morir a Bolivia, yo solo iba de vacaciones”, aclara, un año después.

Incluso en su familia la discriminaron. Y dentro de todo, las cosas salieron bien, ya que ninguno de sus hijos -hasta ahora- se contagió.

No tiene miedo al virus, cree que si es su hora de morir, solo Dios lo sabe. “Dejo en sus manos si muero acá o en Bolivia. También dejo en manos de Dios la maldad que me hicieron, a la gente que me quería matar”, asevera.

No está pendiente de las noticias de Bolivia, pero se entera de algunas cosas. Sabe que han ocurrido muchos decesos en el país y eso la pone triste, pero a la vez agradecida, ya que ella es una sobreviviente.

“Trato de no ver noticias porque me afecta ver cuando las cosas terminan mal”, reconoce.

Le apenó bastante el deceso de Óscar Urenda, entre varias de las bajas ocasionadas por el virus.

La despedida

Justita dio positivo al coronavirus por 55 días, en algún momento se refugió en Buen Retiro, con seis de sus ocho hijos. Los otros radican en Italia y España.

Retornó a Italia el 10 de julio, en el pico de pandemia, y hasta hoy no ha vuelto a contagiarse.

Justita respondió a la llamada de EL DEBER en su momento de descanso. Ante la pregunta de si podía hablar de lo acontecido, suspiró y guardó silencio por un par de segundos que se volvieron interminables. Es que le refrescaron el pasado que se esfuerza en olvidar.

En Italia está mejor que en Bolivia, le brindan ayuda, le dan trabajo, y no le cierran puertas. Dice que está bien “con la bendición de Dios”, que si era su destino, iba a morir. “Si no es la hora, ni el coronavirus lo mata a uno. Lo que sí puedo asegurar es que en Bolivia la gente no se cuida”, invita a la reflexión.

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