17 de junio de 2022, 4:00 AM
17 de junio de 2022, 4:00 AM

Los bloqueos, una malhadada alternativa de origen trotskista, tienen el objetivo incuestionable de violar los derechos del prójimo trasuntado en la población; son ejecutados por personas que tienen pocas inhibiciones para expresar sus tendencias sádicas hacia los demás, sean o no conscientes de ello.

Con los bloqueos se quiere, con violencia, esclavizar a la población trabajadora y ordenada. Quienes los ejecutan buscan sentirse “superhombres” que pueden paralizar a una ciudad, sin pensar en el daño económico a los que extraen su sustento con regularidad cotidiana ni en el deterioro de la imagen de la ciudad donde viven.

Lo que exaspera es la pasividad y la molicie de la Policía que, conociendo la Constitución que prescribe no impedir el libre tránsito y poseyendo la facultad de la coacción, no desestructura definitivamente este escarnio para la población.

Las personas que bloquean se alinean en el primitivismo y excluyen su inteligencia para exponer su eventual disconformidad en una mesa diálogo; agrava esta situación la indiferencia de la institución de gobierno que debe solucionar el conflicto, debido a que engendra miedo y mengua psicológicamente su capacidad para enfrentar el conflicto por resolver.

Enardece a los bloqueadores la táctica dilatoria del responsable del ministerio, al delegar su propia responsabilidad inherente al cargo y a su remuneración, a dependientes de segundo y tercer orden sin capacidad de decisión. Con seguridad no leyeron algunas páginas del Derecho Administrativo y no asimilaron lo que significa servidor público.

Los argumentos que originan disconformidad deben ser ponderados y expresados con firmeza en un diálogo inmediato con las autoridades; empero, se elige la ruta dilatoria y ¿cuánto se ahorraría en disgustos, enfrentamientos, perjuicios y sufrimientos a la población si la autoridad, una vez conocido el conflicto, convocase a un diálogo?

Entender esta batalla interior, que turba al bloqueador, nos infiere hacia los síntomas sádicos impidiéndole ver la esencia de cualquier dificultad, y debe sentir que él es la víctima, haciendo responsable al resto de la población con el estribillo de “atenerse a las consecuencias”.

Finalmente, los tratos sádicos que inflige a los demás le dan un sentimiento de fuerza y orgullo que refuerza su consistente sentimiento de impotencia. Las ciudades de La Paz y Santa Cruz son víctimas de los constantes bloqueos, luego Cochabamba y los demás departamentos con menor intensidad.

 * Raúl Pino Ichazo, abogado 

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