27 de febrero de 2022, 4:00 AM
27 de febrero de 2022, 4:00 AM

Sin recibir ni agresión ni provocación ni nada, Rusia atacó Ucrania y desató una guerra desproporcionada que en los primeros días está incurriendo en aquello que se denomina como crímenes de lesa humanidad, ante lo cual el mundo parece indiferente. Ucrania está sola, nadie ha acudido a defenderla y hasta los países de Occidente que eran su única esperanza han optado por la vía de las sanciones económicas como única respuesta al invasor.

Para Rusia, las sanciones podrán fácilmente revertirse o compensarse al tener el control de un país bajo su mando: perderá el acceso a la gran banca occidental, pero a cambio tendrá poco menos que bajo su propiedad un país que intentaba ser libre.

En toda guerra se violan los derechos civiles, pero en el caso de Ucrania se están cometiendo crímenes de lesa humanidad desde el primer día de los ataques. Crímenes de lesa humanidad son aquellos delitos que implican atacar los derechos humanos fundamentales de las personas, y que son un agravio no solo contra las víctimas directas, sino contra la Humanidad.

Son crímenes de gravedad que se cometen como parte de un ataque generalizado o sistemático contra una población civil. El concepto encaja perfectamente al sufrimiento al que está siendo sometido Ucrania con los violentos ataques de Rusia.

Las primeras imágenes que llegan de las ciudades atacadas de Ucrania muestran a población civil huyendo de las urbes, tanques aplastando ciudadanos civiles indefensos, padres separándose de sus hijos que evacúan las ciudades mientras ellos se quedan a defender a su país. En contraparte, en Moscú el Kremlin le dice a los ciudadanos que Ucrania tiene un gobierno nazi que quiere atacar Moscú con bombas nucleares, y varias otras mentiras como esas, con las que ha logrado que más del 70% de los ciudadanos apoyen la guerra.

El presidente ruso Vladimir Putin llama “banda de drogadictos” y “neonazis” a los gobernantes de Ucrania y convoca a los militares ucranianos a dar un golpe de Estado contra el presidente Volodymir Zelensky.

Lo de Rusia ha comenzado también a superar los límites de su vecino Ucrania y ahora amenaza a Finlandia y Suecia con “graves repercusiones militares y políticas” si deciden ingresar a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Con ese gesto, Putin comienza a parecerse mucho al tristemente célebre dictador alemán que llevó a su país y a las potencias del mundo a la Segunda Guerra Mundial el siglo pasado.

Ante esa actitud de “amo de Europa”, como quiere mostrarse Putin, los líderes de Occidente han reaccionado con firmeza de palabra, pero nada más. Y los ataques continúan, como si nadie hubiera dicho esta boca es mía.

La Iglesia, que en estos casos suele ser una voz necesaria, esta vez ha dicho muy poco. Del papa Francisco no se puede esperar mucho. El pontífice argentino ha demostrado en reiteradas oportunidades su alineamiento político con los gobiernos de socialistas, de izquierda y populistas, aunque el de Rusia difícilmente podría colocarse en una de esas categorías, ya que es más cercano al fascismo que a otra cosa.

Pero igual que antes calló ante lo que pasa en Venezuela, Nicaragua o Cuba, ahora Bergoglio solo ora, en lugar de tomar una acción más decidida, viajar al lugar del conflicto o emprender una iniciativa efectiva.

Y en Bolivia, tras un inicial posicionamiento de aparente neutralidad de la Cancillería, ya han comenzado a hablar desde Evo Morales hasta algunos de sus diputados para manifestar su apoyo a Rusia, y cuándo no, responsabilizar a Estados Unidos.



Tags