24 de julio de 2023, 4:00 AM
24 de julio de 2023, 4:00 AM


El conocido periodista Jorge Ramos en el 2019 se propuso entrevistar a Nicolás Maduro, y apenas comenzó la conversación, previamente acordada, no solo que el dictador interrumpió el trabajo periodístico sino también secuestró el material y ordena detener al comunicador y a su equipo. Toda esta odisea Jorge Ramos la ha convertido en un libro: 17 minutos, entrevista con el dictador, donde cuenta todos los detalles, previos y posteriores, de la abortada entrevista, y cómo sale escapando de Caracas.

Los hombres fuertes no hablan… hasta que quieren o tienen que hacerlo. Las entrevistas son como toda relación: para que funcionen, las dos partes tienen que quererla y las dos partes deben creer que les va a beneficiar. Maduro, claramente, necesitaba una entrevista a nivel internacional para hacer conocer sus puntos de vista sobre la situación de Venezuela. Pero los dictadores, los caudillos, los autoritarios, los que tienen más poder del que les asigna una Constitución y los que acumulan puestos y fuerzas que no les corresponden suelen ser muy cautos al hablar en público o dar entrevistas. La verdad es que no la necesitan porque si tienen algo que comunicar basta con utilizar los medios de comunicación del Estado para enviar sus mensajes y sin que nadie los cuestione.

Jorge Ramos tenía claro que la primera pregunta marca el tono de la entrevista. En realidad, determina por dónde piensa llevar la conversación y qué ritmo le quiere dar. Tenía muy claro que no podía dejarlo hablar mucho desde el principio porque si lo hacía, iba a perder el control de la entrevista y del poco tiempo asignado. Tenía solo 30 preciosos minutos y quería que fuese una conversación fluida, con intercambios rápidos, pero no tenía que ser una tribuna para el dictador. En general, las autoridades que son poderosas, no están acostumbradas a que les interrumpan y suelen hablar hasta que se cansan. 

La estrategia era sacarlo de su zona de confort y confrontarlo con datos, hechos y cifras que abundan sobre el fallido Estado venezolano. El periodista se había propuesto evitar una entrevista suave y complaciente con quien es responsable de fraudes, muertes y delitos de lesa humanidad. Y recuerda que los reporteros deben cuestionar a los que tienen el poder, y sería una gigantesca incongruencia suya que, ante la oportunidad de entrevistar a un dictador, no se atreviera a hacerle preguntas difíciles.

La entrevista fue planificada con mucha anticipación, e incluyó la búsqueda de la mayor cantidad posible de información política, lista de los 402 presos políticos de ese momento y los abusos del régimen. También consultó con periodistas venezolanos porque era consciente que cuando se trata de hablar con alguien poderoso, no se puede ceder ni un milímetro porque de ahí se agarran y se echan a correr. El objetivo era tener el control de la entrevista, y determinar su contenido, el tipo de preguntas y el ritmo para contestarlas.

La primera pregunta determina el rumbo de la conversación y qué sello se le quiere poner. No se trata solo del contenido de lo que preguntas y cómo lo haces (preguntas abiertas o cerradas, cortas y puntuales o largas y en contexto, de actualidad o de principios), sino del ambiente y las condiciones que creas para que el entrevistado conteste.
¿Cómo lo llamo: presidente o dictador? Fue la primera pregunta, e inmediatamente la tensión se disparó, en medio del nerviosismo reinante de los colaboradores y equipo de seguridad de Maduro (fue en el Palacio de Miraflores). Maduro comienza a decirle a Jorge Ramos: Tu eres opositor de derecha. No eres periodista. Eres de extrema derecha. Eres extranjero… 

Jorge Ramos, que ha preguntado con igual rigor a poderosos de derecha y de izquierda, tuvo el coraje de enfrentar a Maduro en su propia casa, aunque a un alto costo personal. La entrevista censurada y confiscada se convirtió en una experiencia periodística que ha dado la vuelta al mundo y evidenció los rasgos dictatoriales de Nicolás Maduro y la falta de libertad y democracia en Venezuela.