Escucha esta nota aquí

Los jóvenes no son el futuro. Los jóvenes -y más aún en una elección electoral-, son el vivo presente, los que no solo proponen un mejor país, sino también exigen. Muchos de los que ahora han alcanzado los 18 años la edad para votar- eran niños cuando Evo Morales empezó a Gobernar el país a partir del 22 de enero del 2006.

Han crecido y se han hecho jóvenes con un solo nombre en el principal sillón de mando de Bolivia.

Y ahora, en la elección del 20 de octubre podrían garantizar la continuidad de Morales o dar paso a otra persona para que asuma las riendas de la patria. Cualquiera sea el resultado, tienen una lista de pedidos y de necesidades que exigen que se cumplan, gane quien gane. Exigen porque saben que sus votos pesan: los jóvenes de entre 18 y 25 años representan el 21,2% del padrón electoral.

Después de ellos, con el 13,1%, están las personas de entre 26 y 30 años. La primera acción es de rechazo, de miedo.

Una joven que está en la acera de su casa en el barrio San Francisco, en la zona Este de la ciudad, pasando el octavo anillo, me ha pedido mi credencial de periodista cuando me le acerqué para entrevistarla. Se ha puesto en alerta y nerviosa.

Le he explicado que estoy recorriendo los barrios para un reportaje sobre la política y los políticos, sobre las necesidades de las personas, sobre cómo fue haber crecido en un país donde muchos jóvenes han crecido conociendo a un solo presidente. Mira la credencial y empieza a hablar con solvencia, a desahogarse. Dice que la inseguridad gobierna sus vidas, que la delincuencia marca sus horarios de salida y de llegada a casa, porque los pandilleros no duermen, porque los ladrones se aprovechan que las casas no tienen bardas y que los perros que cría cada vecino no son suficientes. “Que el que gane las elecciones combata la inseguridad.

Estamos cansados de sentir miedo”, dice la joven que ya no desconfía y que le gustaría que a su barrio lleguen más periodistas para que cuenten lo que pasa. Ella sueña en que las inscripciones de las pandillas en las paredes de las casas desaparezcan y no tener miedo a dar su nombre cuando la entrevisten y ella hable en contra de los pandilleros.


En la avenida Tres pasos al frente, entre cuarto y quinto anillo, tres personas están metidos dentro del canal de drenaje. Dos mujeres y hombres están pintando los costados del canal. 

Pintan el nombre de un candidato y del partido político. De vez en cuando reciben insultos de conductores que sacan la cabeza por la ventanilla del vehículo y gritan cosas como: traidores a Santa Cruz, cómplices de los políticos. Fabiola Orellana dice que no recibe ni un peso por el trabajo de pintar, que está ahí para buscar un futuro mejor, para que después de las elecciones alguna autoridad se acuerde que ella estuvo pintando y le den un empleo porque eso es lo que hace falta, lo que necesitan las personas, porque muchas se están yendo a otros lugares. Constancia Herrera tenía 15 años cuando Evo Morales empezó a gobernar Bolivia. 

El 2006 era una adolescente y ahora es ingeniera petrolera, no tiene trabajo y está pintando en el canal de la avenida Tres pasos al frente. “Estoy apoyando en la causa, una causa que viene desde mis padres que han sido del partido”, dice, mientras la ciudad sigue su curso y la propaganda electoral acelera sus pasos rumbo al 20 de octubre.

Creció con Evo en el poder. Pero por sus recuerdos de niña también sabe de aquellos tiempos cuando en pocos años cambiaron muchos presidentes: que Gonzalo Sánchez de Lozada fue expulsado del Gobierno, que Carlos Mesa “renunció a los meses de haber sido posesionado”, que después llegó Eduardo Rodríguez Veltzé.

“Estamos pasando por una situación difícil en la parte hidrocarburífera. Siempre hay esos bajones en los sectores. Ahora nos tocó un bajón, pero se están viendo otros recursos. Yo estaba trabajando en una transportadora, ahora tengo un negocio propio con mis padres. Me gustaría volver a mi rubro (de la ingeniería petrolera), porque trabajé en YPFB”, cuenta, mientras mueve sus manos que han trabajado toda la tarde, que se han manchado con pintura.

Gustavo Flores estudiaba hasta antes de que le apriete el zapato.

Sus necesidades económicas lo han alejado de las aulas de un instituto donde estudiaba Ciencias de la Comunicación. Tiene 26 años y cuando el MAS se instaló en el poder tenía 13 años. Antes de que Evo sea presidente dice que lo recuerda dando discursos en las marchas. El pedido que hace es que, si vuelve a ganar las elecciones, que lo ayude con un empleo para que siga estudiando. “Estoy pintando por la causa y para encontrar empleo. Con la ayuda de algunos candidatos haciendo campaña puedo pensar en un trabajo. La juventud necesita apoyo”, dice, mientras pinta y la tarde va llegando a su fin.

En la ciudad el ambiente electoral se pone en evidencia por los postes de alumbrado público que están pintados con los colores de algún partido político. También por las fachadas de las casas que delatan la época electoral.

También por las conversaciones de las personas que hablan de los candidatos, de sus propuestas que salen en la radio, en la televisión, en las redes sociales, de las necesidades que existen en los barrios, de la importancia de la juventud para lograr mejores días.

En el mercado del barrio Carmen II conversan, por ejemplo, del riesgo de caminar solo por las calles, de la experiencia de un vecino al que un pandillero intentó asaltarlo y lastimarlo con un chuchillo, del riesgo que sufren los escolares porque los delincuentes suelen rondar las inmediaciones del colegio. En otras conversaciones hay quienes tienen la curiosidad de que otras sean las autoridades que gobiernen el país

y otros que prefieren lo viejo conocido que lo nuevo por conocer. Las opiniones son variadas, pero las necesidades se parecen de Norte a Sur y de Este a Oeste. Los jóvenes quieren sentirse seguros en sus barrios y poder realizar sus actividades sin ningún problema.

Además, coinciden en tener las posibilidades de un empleo para prosperar, para ganar dinero y poder estudiar y que todas las promesas se cumplan cuando hayan pasado el tiempo de la propaganda electoral y de las promesas que ahora les hacen los candidatos que aspiran o a permanecer en el sillón presidencial, a retornar al poder o a gobernar el país por primera vez.