.

18 de enero de 2024, 3:00 AM
18 de enero de 2024, 3:00 AM

Si no lo conociéramos a Evo Morales, muchos quedaríamos consternados de sus lamentos o hasta algunos nos pondríamos a llorar. Habla desde su radio Kawsachum Coca, en su programa dominical, y deja la impresión de que un honrado e inexperto, además de probo ciudadano, ha sido víctima de engaño por gavillas de maleantes que lo atormentan, que lo traicionan y que abusan de su inocencia. Esto es como para morir de risa. Si no fuera que de por medio se juega la suerte del país, cuando menos de la democracia, reiríamos ante un pícaro que miente descaradamente (la mentira ha sido su impronta) y que deja la impresión de que está empezando a desvariar.

La pérdida del poder puede producir enajenación en una persona. Puede provocar un terremoto cerebral. Los ejemplos abundan. La impotencia ante la imposibilidad de recuperar algo que se cree propio lleva a los peores extremos, a veces hasta el suicidio. Eso también sucede con las decepciones amorosas. Es lo que estamos viendo con Evo Morales, que cada vez nos sorprende con fantasías o con lamentos. Un día está lleno de euforia y optimismo, anunciando próximas victorias; pero al día siguiente, quienes lo rodean, resultan ser responsables de los desaciertos y traidores vendidos al imperialismo. Se ha imaginado hasta de una “mano negra” que quiere acabar con su vida. Así fueron los últimos años de Hitler, que pasaba de la euforia explosiva a la depresión más profunda. Y a buscar culpables para llevarlos al paredón.

Ahora Morales quiere ajustarle las clavijas al Tribunal Constitucional, con toda la razón del mundo. Esos togados son unos sinvergüenzas sin la menor duda y hay que sacarlos. Constitucionalmente, sus fallos dejaron de ser válidos el 31 de diciembre a media noche, diga lo que diga el Gobierno. Pero el pecado original de los pésimos magistrados que tenemos hoy se debe a que él y sus consejeros impusieron unas descabelladas elecciones judiciales antes de elegir a los jueces más meritorios, como se hace en todo el mundo.

Así que su fobia contra la actual judicatura no se debe a que Morales se haya vuelto razonable, sino, simplemente, porque el Tribunal Constitucional se le ha interpuesto en su anhelada candidatura presidencial. ¿Ya se ha olvidado que ese mismo Tribunal, al que impuso entre gallos y media noche, fue el que prevaricó para burlar el referéndum del 21-F y allanarle el camino a su cuarta elección consecutiva, basándose en el absurdo de que la candidatura indefinida era un “derecho humano”? Ahora que el Tribunal Constitucional obedece a otro patrón, niega que exista ese “derecho humano” y Morales, resentido, moviliza a sus jenízaros para doblegar a aquellos magistrados ingratos y “vendidos”. Su ira debe ser ilimitada.

Hay que tener mucho cuidado de que “el Evo” quiera incendiar el país para lograr su propósito. Que envíe su gente a Sucre con el mandato de hacer cambiar la sentencia del Tribunal Constitucional, es provocar una insurrección. Como es sedición lo que pretende hacer en el resto de los departamentos del país, empezando por Santa Cruz, que ya desea verla arder o cuando menos bloqueada por todos sus costados. Eso huele a golpe de verdad, no al golpecito que se inventó el 2019 para huir. Ese es su método cuando no está en el poder. Morales ya quiso derrocar a Banzer sin lograrlo, participó en la caída de Sánchez de Lozada, y por supuesto que provocó la renuncia de Mesa. Ahora quiere la cabeza de Arce, que sería su tercera víctima. El lobo que se lamenta tanto, el lobezno inocente, es capaz de las peores acciones.

¿Cómo es posible que el ex presidente afirme que no sabía quién era Luis Arce Catacora, hasta ahora que le han contado? ¿Nada sobre su ministro estrella que lo acompañó durante 14 años? Es que las cosas que suceden en Bolivia son de risa, si no fuera que se está jugando el destino del país. Estamos rodeados de chacoteros. Se queja Evo Morales de que el “pequeño Lucho” hubiera sido un neoliberal atroz, un traidor solapado, que sirvió a Paz Estenssoro, Paz Zamora, Banzer, Tuto y Mesa. ¡Pero claro! ¡Así fue nomás! Si era un empleado público del montón. ¿De dónde piensa “el Evo” que apareció su ministro de economía? ¿Del cielo? ¿Acaso no sabía que había pertenecido, además, al PS-1? Este señor, que es “más vivo que una ardilla” al decir de un escritor, ¿no iba a saber de dónde procedía cada uno de sus ministros? Eso es gana y gusto de quejarse; es un digno representante del “lamento boliviano”.

Los días que se aproximan no son de buen augurio. Esperemos que, por lo menos, la cercanía del Carnaval modere los ánimos belicosos que se han posesionado en todo el país.

Tags