21 de enero de 2022, 4:00 AM
21 de enero de 2022, 4:00 AM

La confrontación entre el comunismo y el capitalismo quedó atrás. Es parte de la historia del siglo XX. La pugna entre la izquierda y la derecha tampoco es lo que más se destaca en lo que va de este siglo.

Lo que prima en el mundo de hoy es la lucha de la democracia liberal por su propia supervivencia. Su enemigo declarado es el neopopulismo, un movimiento de masas cautivadas por un caudillo de vocación autocrática. Es una lucha de alcance mundial.

El populismo no es una forma de gobierno. Mucho menos un programa de gobierno. Tampoco es una ideología. Es simplemente un movimiento político de masas dirigido por un caudillo cautivante. Nada más, pero nada menos. Su objetivo es alcanzar el poder y controlar el gobierno. Cuando lo alcanza intenta retenerlo indefinidamente.

Lo que cuenta en el populismo es la voluntad de mando del caudillo. Sin eso no hay populismo.

Los caudillos ambicionan el poder y sus ventajas. Para conseguirlo ofrecen maravillas al pueblo. No siempre saben o pueden cumplir con sus amplias ofertas, aunque son diestros en la entrega de prebendas a sus seguidores.

Los caudillos aprovechan el hecho de que en todas partes hay sectores agobiados por problemas complicados. Los pobres y no tan pobres sienten temor y rabia ante problemas que no pueden resolver. El caudillo finge que comparte sus sentimientos. En vez de aplacarlos los inflama. Los enardece para que acepten sus falsas soluciones.

La gente que lo escucha se vuelve adicta a soluciones rápidas y sencillas que no resuelven sus problemas. En vez de resolverlos el caudillo enfurece a la gente contra enemigos que le pinta en la pared. La gente engañada repudia a esos demonios como desquite por sus sufrimientos.

Todos los populismos denuncian a las élites económicas, sociales, políticas, culturales o intelectuales. Lo que les importa es dividir para reinar. Lo hacen en nombre de los marginados. Atacan a unos y otros. Enfrentan a unos contra otros. El populismo siembra furia, odio y miedo para enceguecer a la gente del centro, a la gente que tiene un criterio independiente.

Los disfraces del populismo son variados. Unos explotan un patriotismo ultraderechista, otros un socialismo ultraizquierdista, un indigenismo radical o una superioridad racial antiindígena, una supuesta democracia “profundizada” o la oferta de alguna forma de gobierno antipolítico y autoritario. Cualquier careta sirve para generar el apoyo fácil de un pueblo abatido.

Abundan ejemplos de populismos disfrazados de derecha democrática. En este momento lo son Bukele en El Salvador, Bolsonaro en Brasil, Duterte en las Filipinas, Erdogan en Turquía y Donald Trump antes, durante y después de ser presidente en Estados Unidos.

Los populismos disfrazados de izquierda democrática en nuestra región incluyen a López Obrador en México, los Fernández en Argentina, Correa cuando presidió Ecuador y Evo Morales antes, durante y después de ser presidente en Bolivia.

Está por verse qué rumbo toman Castillo en Perú y Boric cuando asuma la Presidencia en Chile. También está por verse si Lula gana las próximas elecciones en Brasil y si asume actitudes populistas o si por el contrario hace un gobierno serio.

Una de las tácticas más efectivas y menos reconocidas del populismo es que desplaza y sustituye con sus propios votantes al centro moderado. Lo rellena de fanáticos radicalizados. La otra es que anula y reemplaza al sistema de partidos políticos con su propio movimiento de adulación al caudillo. Convierte a los partidos políticos en actores marginales.

Son dos tiros de gracia que el populismo le asesta a la democracia representativa. Podríamos decir como en el corrido mexicano, “la democracia estuvo de suerte, de tres tiros que le dieron solo uno era de muerte”. El tiro de muerte es el control absoluto del organismo electoral.

El caudillo por su parte actúa como si fuera un delegado permanente del pueblo. Ni se le ocurre que debe representar al pueblo por un tiempo limitado como lo mandan la Constitución y las leyes en una verdadera democracia. El control del organismo electoral le sirve solamente para darse un falso baño de legitimidad democrática.

Su idea del pueblo es la de un aplauso permanente. No entiende que en una verdadera democracia los ciudadanos tienen derecho a fiscalizar los actos de los gobernantes. Acepta opositores y fiscalizadores solo cuando son funcionales a su régimen.

Vende una democracia “popular” en la que el pueblo “participa.” Le hace creer que él es su única voz. Lo convence de que debe delegarle todo su poder de decisión. Lo convence de que la soberanía reposa únicamente en sus manos. “Soy el pueblo” es su consigna favorita.

El caudillo asume poderes totales y perpetuos. Lo hace como dueño único de la soberanía popular. Eso le brinda total impunidad, tanto durante como después de sus gobiernos, que nunca abandona voluntariamente. Actúa por encima de su partido, de todos los poderes del estado y de la sociedad en su conjunto, sin tener que rendirle cuentas a nadie.

El debate en torno al término populismo no es lo importante. Hay que aclarar el concepto. Su antiguo nombre es “demagogia.” Lo que da cuerpo a este fenómeno es su modo de actuar. Se desenmascara por los resultados que ofrece en el terreno de los hechos.

La próxima entrega de esta serie expondrá las tres etapas del populismo: sus comienzos artesanales, su escalada desde el Gobierno a la autocracia y su remate dictatorial.

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