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Parecía una gran noticia. A las 16:30 del 14 de mayo, un avión de BoA aterrizó en Viru Viru con 170 respiradores a bordo destinados a salvar vidas de infectados con coronavirus. 

Se los había esperado por dos meses y eran uno de los principales motivos para mantener a todos el país en una cuarentena rígida en la que los ciudadanos salían de sus casas una vez por semana. 

El Covid-19 asustaba más que la crisis económica que crecía con freno por los coronabonos que estableció el Gobierno. Se exprimía los frutos del confinamiento, que había evitado que el sistema precario de salud colapsara el 17 de abril. La llegada de los respiradores, demorada durante semanas, anunciada en cada acto, parecía la cereza en la torta. Se dejarían 30 en Santa Cruz, 30 marcharían a La Paz y 10 viajarían urgente a Trinidad, que comenzaba su visita al infierno pandémico. 

Menos de una semana después, el Gobierno de Jeanine Áñez se hundía en su peor crisis: no solo se había pagado tres o cuatro veces más por los respiradores españoles si no que no salvarían una sola vida boliviana, pues no sirven para terapia intensiva.

Ese preciso instante –coinciden sus ministros y correligionarios- la carrera electoral de Jeanine Áñez, que parecía encaminada a superar a Carlos Mesa en la pugna por quién llega segundo, se quedó sin oxígeno.

No fue solo el hecho de supuesta corrupción. Ya había sospechas de gastos absurdos y suntuosos en Entel y pagos amañados y contratos contrario a los interese del Estado en YPFB que no habían afectado demasiado la popularidad de la ascendente Áñez, pero la compra con sobreprecio de respiradores fue percibido como cruel por la población, que hasta ese momento aprobaba el manejo de la pandemia de la presidenta. Sin embargo, ese tampoco fue el epitafio de la campaña. 

Se podía haber manejado el sobreprecio culpando a funcionarios del MAS incrustados aún en la administración pública –como se intentó hacer-, pero no se podía disimular que los aparatos no servían para el propósito que fueron comprados. Ahí terminó la ‘luna de miel’ de la presidenta con el país y su carrera electoral comenzó a sufrir hipoxia.

Antes

“La gente se queda con los últimos dos o tres meses, con los errores y la crítica, pero la presidenta asumió en un momento crítico”, dice Vladimir Peña, vocero del gobernador Costas y uno de los hombres fuertes de Demócratas, el partido de Áñez.

Peña recuerda que la beniana llegó a Palacio Quemado con una ruta muy definida: pacificar el país y llamar a elecciones. Áñez se había autoproclamado Presidenta desde la testera de una Asamblea Legislativa vacía, con la anuencia de los opositores al MAS, el partido que había sido hegemónico, pero que para ese 12 de noviembre de 2019 se hallaba en desbande. 

También recibió la anuencia del Tribunal Constitucional Plurinacional y conformó un Gobierno con presencia de las fuerzas que habían echado a Morales. Durante los primeros meses, incluso, contó con la colaboración de bancada masista, huérfana de liderazgo y ansiosa por buscar el retorno al poder. El control de la política estaba completo con el dominio de la calle tras las intervenciones en Sacaba y Senkata, que costaron la vida a una veintena de personas.

Iván Aria, ministro de Obras Públicas, dice que uno de los errores de Áñez fue eliminar el Ministerio de Comunicación, porque no supieron comunicar los logros del Gobierno que, según él, no son poco. Dice que solo la contracción del 6% del PIB es un logro en un vecindario donde muchos caerán por encima del 10%, que tampoco se ha logrado posicionar el plan de reactivación económica o el hecho de que el número de muertos oficiales por coronavirus sea muy bajo.

“Nos echan la culpa de todo, del desempleo, cuando todo el mundo está desempleado. Parece que gobernamos cinco años y no 10 meses. Es como si hubiésemos estado cinco años”, dice Arias.

No siempre fue así. Áñez creció rápidamente en la preferencia electoral entre enero y marzo. La presidenta estuvo a un solo 1,4% de arrebatarle el segundo lugar a Carlos Mesa en las encuestas del 15 marzo, cuando faltaban seis semanas para las elecciones del 4 de mayo y una semana antes de la llegada de los respiradores, las encuestas decían que el 63% daba por buena su gestión de la pandemia y un 19% adicional la consideraba regular. Solo tenía en contra un 18%.

“Cuatro o cinco corruptillos que estuvieron allí en el Gobierno, terminaron manchando la gestión”, lamenta Peña.

Giro

Ya para ese momento, el pilar que levantó a Jeanine Áñez en sus primeros días de Gobierno no existía. El grupo denominado por el politólogo Diego Ayo como “bloque de noviembre” peleaba por sus propios intereses. Tuto Quiroga y Luis Fernando Camacho retiraron sus piezas del Gobierno y Mesa mantuvo una posición distante y crítica. 

Los dos expresidentes criticaban todo el tiempo el manejo de la pandemia, la falta de test contra el coronavirus y las decisiones sobre el equipamiento. A ellos se sumaba el MAS, rearticulado desde Buenos Aires y más reacio de cooperar desde la Asamblea con una presidenta que ya no era transitoria, sino que aspiraba a quedarse por cinco años más.

Hasta ese momento, Áñez cifraba su esperanza de un manejo transparente de las compras Covid-19 en encomendársela al Banco Interamericano de Desarrollo. 

Al caer el proceso en sospechas de corrupción, entró en una parálisis: cambió de manera constante a las cabezas del Ministerio de Salud y debieron instalar una puerta giratoria en la sala del gabinete con tanto cambio de ministro. Hubo una parálisis gubernamental que se extendió hasta mediados de julio que puso en duda que alguien realmente estuviera al mando del país.

Así, cuando en agosto el Tribunal Supremo Electoral pospuso por segunda vez las elecciones generales, el descontento de las bases masistas se volvió bloqueos de caminos en medio de un pico de la pandemia de coronavirus que se les había escapado a los epidemiólogo por falta de reactivos para pruebas PCR.

“Tuvimos una oposición mezquina que nunca supo valorar el esfuerzo ni el momento que vivíamos”, lamenta Arias.

Para ese momento, con el bloque de noviembre deshecho y una opinión pública cada vez más en contra, ya ni siquiera el uso de la fuerza era una opción y Áñez ni siquiera logró sentar al resto de los políticos en una mesa de diálogo. Así, cuando todo volvió a la calma, el discurso de “hemos pacificado al país por segunda vez”, no surtió demasiado efecto en su imagen ni en su intención de voto.

La decisión

Desde el último fin de semana, el abandono electoral de Jeanine Áñez se venía gestando. Se sabía que las dos encuestas de intención de votos que saldrían a media semana la pondrían en cuarto lugar, por debajo de Luis Fernando Camacho. 

Es más, los voceros de Creemos se habían encargado de esparcir la sospecha de que la encuesta de CiesMori ya los ponía terceros y se declaraban ateos de los estudios de opinión. Desde el entorno más cercano de la presidenta, ya se daban señales de debilidad: “O nos unimos o nos hundimos”, decía Arias desde la televisión. Un pacto entre Jeanine, Camacho y Tuto, sin Mesa, proponía Samuel Doria Medina desde otra pantalla.

Dentro de Juntos, aún había esperanza. Los candidatos a senadores y diputados veían en el 30% de indecisos, blancos y nulo una oportunidad de elección abierta, pese a que los tres sondeos le indicaban que la tendencia de Jeanine era a la baja.

La tarde del jueves 17 de septiembre, llegó el estudio de opinión interno de la alianza gubernamental. Traía una buena noticia: aún era tercera, muy cerca de Camacho, pero tercer. Todo el resto, eran malos augurios: los únicos dos candidatos que habían crecido eran los ‘luises’, Arce y Camacho. 

Mesa estaba estancado alrededor del 20%; Áñez en descenso, poco más arriba del 10%. Había un dato que los asustaba: con esos números, era más probable que el masista gane en primera vuelta que alguno del bloque antimasista reúna los votos para quedar a menos de 10 punto del partido azul.

“Fue un momento tremendamente duro. Ella dice: ‘no voy a ser un perjuicio, no voy a ser un obstáculo para el bien común’. No recuerdo otra candidata que decida retirarse por el bien común. Vale más el bien común que un bien particular”, relata Arias.

La idea es no dispersar el voto y alentar a otros candidatos a seguir sus pasos. Lejos había quedado mayo, cuando tenía la aprobación de más del 80% de los bolivianos. Los errores de gestión dejaron su carrera política sin aire ni respirador artificial.