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Los retos del siglo XXI para la sociedad boliviana

Carlos Hugo Molina 11/5/2021 05:00

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Repetir que el mundo ha cambiado radicalmente, ya lleva a pereza intelectual y genera una duda existencial. Resulta difícil evaluar exactamente lo que ello significa y en la necesidad de volver a una quimérica normalidad con la que vivimos antes, se nos plantean complicaciones al tener que aceptar cambios de conductas y actitudes.

Cuando recordamos cómo vivimos la cuarentena estricta el 2020, sin salir de la casa, con actividades comerciales cerradas, respetando el número de carnet de identidad para ir al mercado o a los bancos, con transporte suspendido y una modificación radical en el uso del tiempo, y la comparamos con nuestra vida actual, pareciera que le estamos perdiendo irresponsablemente el temor al virus mientras este campea libremente.

Resulta casi una inocencia recordar las campañas promovidas para evitar se disminuyan las filas en trámites públicos y privados que terminan generando focos de infección inhumanos. Igualmente, el debate sobre la pertinencia y oportunidad de las elecciones nacionales, departamentales y municipales, con sus segundas vueltas, inclusive. Tendremos que reconocer el grado de osadía y temeridad con las cuales se desarrollaron en un escenario marcado por la ausencia de respuestas organizativas, médicas y administrativas que propusieran respuestas oportunas y científicas. Gracias a una voluntad superior, no hemos sufrido mayores daños por las campañas de concentraciones sin barbijos.

Y ahora, esta nueva prueba de la vacunación, marcada por una desinformación que combina el negacionismo con la indolencia generando un caldo de cultivo complicadísimo. El Gobierno está utilizando su legitimidad al alargar una solución que no tiene respuesta contundente en termino de tiempo y de número de vacunas.

Frente a esa realidad, no podemos seguir viviendo debajo de la tutuma. El mundo se encuentra en una vorágine que no esperará nuestros tiempos y nos recuerda que está en proceso de reinvención. La necesidad de aceptar que no somos el ombligo de la creación y debemos cumplir nuestra tarea nos lleva a identificar los temas imprescindibles, sin los cuales, no seríamos responsables con nosotros mismos.

Necesitamos comprender lo que significa construir, vivir y ser parte de una región global, integrada nacional e internacionalmente. Reconocer el continuo territorial de la crisis, que ha borrado las divisiones político-administrativas, es una exigencia para reconceptualizar la relación espacio/gestión/servicio en el que deben articularse actores públicos y privados de manera insoslayable.

Para ser operativos, esta región global debe tener seguridad humana expresada en inclusión, trabajo, justicia y producción que le otorgue a sus habitantes, pero en realidad al mundo, las condiciones que ofrezcan respuestas oportunas a las necesidades de las personas. Como consecuencia, el territorio debe ser explotado sosteniblemente y los habitantes que vivan en él, deben tener la salud imprescindible que le permita ser útiles a sí mismos.

Y para cerrar el círculo, debemos respirar educación, digitalización e innovación, superando las trabas, mentales y materiales que nos hemos impuesto irresponsablemente.

Cuando leo esto, escucho las palabras de Andrés Ibáñez desde el siglo XIX, leo el Memorándum de 1904 de la Sociedad de Estudios Geográficos e Históricos de Santa Cruz, y recuerdo las consignas de la revolución nacional, que desde 1952 nos interpelan para construir un Estado soberano sobre la base de una sociedad dual y abigarrada, origen de nuestros desencuentros. Parecemos una sociedad inconforme que reniega o revisa todo el tiempo su forma de organización, su estructura, sus valores y sus instrumentos de representación.

Se nos está acabando el tiempo para seguir deambulando. Nos queda solo el diálogo.

 



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