22 de febrero de 2022, 4:00 AM
22 de febrero de 2022, 4:00 AM


Los señores de la guerra están definidos históricamente como quienes siguen el ideal de la guerra como necesaria, tienen los medios y la autoridad para declararla y llegan a convertirla en forma de vida para su gente. Los genios de la estrategia militar como Sun Tzu, Subutai, Shivaji Maharaj, Lord Nelson, Napoleón, Von Clausewitz o Mao Tse Tung, son citados por la agudeza de sus estudios y análisis sobre el hecho bélico y la lectura de sus estudios deja una enseñanza sobre los alcances, consecuencias y previsiones que son imprescindibles considerar antes de embarcarse en una acción de confrontación.

Las condiciones previas analizan la capacidad real del adversario, el desenlace violento y sus consecuencias son estudiadas a detalle, teniendo en todas las situaciones el recurso de la negociación diplomática si consideramos que modernamente no existe la posibilidad del sometimiento total o el exterminio del adversario convertido en enemigo. La expresión de “la guerra es la continuación de la política por otros medios” de Clausewitz nos obliga a analizar el retorno de las negociaciones y las soluciones al campo de la diplomacia internacional, o de los acuerdos en los ámbitos internos. “La guerra es un asunto demasiado serio como para dejárselo a los militares”, dijo Georges Clemenceau, que, como médico, periodista y político francés, primer ministro y jefe de gobierno durante el régimen de la Tercera República, lo sabía y practicaba.

En esta oportunidad no me estoy refiriendo a la tensión existente en Ucrania sino a esta suerte de champa guerra que estamos viviendo, en la que unos pretendidos señores de la guerra nos están llevando a una tensión que ya está llegando a situaciones absurdas.

La agenda cotidiana señala una judicialización extrema de la política y de la protesta ciudadana, una estrategia de anulación radical de los adversarios, beligerancia verbal ideologizada en momentos que el mundo busca sembrar confianza en la economía, aliento a la producción y a la generación de excedente y reducción inteligente del conflicto innecesario.

Cada una de estas conductas no responden seriamente a ninguno de los consejos que plantean los estrategas de la ciencia militar para lograr una solución que no termine en el desastre.

Si aprendemos de los estrategas de verdad, sabremos que, para ingresar a una guerra con alguna pretensión de éxito, los operadores gubernamentales deberán responder preguntas básicas de a dónde quieren llegar y hasta dónde están dispuestos a poner en riesgo a los soldados para que no pierdan la fe en los generales. Un análisis elemental señala que no hay posibilidad de exterminio del enemigo ideológico ni de sometimiento total del adversario, y que, por otro lado, la pandemia y la crisis de la economía están proporcionando las razones, o los pretextos, para una solución concertada, como corresponde a momentos de grandes tensiones. Todo, sin abandonar principios y aplicando simplemente racionalidad y sentido común.

El Gobierno está tensionando hasta el absurdo todos los espacios de la vida cotidiana y algunas consecuencias se verán en el mediano plazo. Sin embargo, hay algunas que en esa ausencia de objetividad están demostrando una lectura incorrecta de la coyuntura y de los objetivos estratégicos necesarios para el Estado. Quiero graficar cuatro de ellas. En el imaginario del poder, por el absurdo, la justicia seguirá su hundimiento si continúa como operadora de la represión. Causas con privación de libertad, como las de Jeanine Áñez, Marco Antonio Pumari o Rómulo Calvo, dejan en evidencia el triste papel de celestina que está cumpliendo. La segunda tiene que ver con el doble discurso en torno a la economía; la crisis está llegando a extremos mientras nos damos el lujo de cortar procesos productivos y económicos que generan excedente. La tercera es esta negación sistemática del narcotráfico y la coca excedentaria que cada vez compromete frente al mundo, los mandos políticos gubernamentales. Y la cuarta, es la torpe e insostenible confrontación que lleva contra Santa Cruz a la que califica genéricamente como oligarca, separatista y golpista; el Gobierno no está entiendo que se está enfrentando con la nueva Bolivia y con los bolivianos que vivimos en Santa Cruz que apostamos por un país productivo, integrado, competitivo, plural, respetuoso de las diferencias y abierto al mundo. Santa Cruz defiende un modelo de desarrollo que no es reproducible en sus manifestaciones (no se podrá cultivar soya en el altiplano), que dejó de ser hace mucho tiempo solo cruceño porque los procesos de siembra y cosecha digna, de generación de excedente sobre la base de las características naturales que tienen los departamentos y con personas libres produciendo donde nacieron, expresan una aspiración de futuro y de país.

Para entender todo esto es imprescindible que los señores de la guerra del oficialismo no se olviden del 21F y se respondan sinceramente por qué renunció Evo Morales el domingo 10 de noviembre de 2019.

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