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Los trasfondos del conflicto reciente

María Teresa Zegada 5/12/2019 03:00

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A pocas semanas de la salida institucional a la crisis política que se produjo como consecuencia del fraude electoral y sus imprevisibles consecuencias, quedan muchas interrogantes que poco a poco habrá que dilucidar, pues la intensidad del conflicto suscitado nos obliga a mirar los hechos tal cual sucedieron, en el orden cronológico correcto y los sujetos involucrados y sus protagonismos así como el alcance de sus acciones; pero, sobre todo, corresponde mirar qué está más allá de los acontecimientos que han trastocado el escenario político en pocas semanas y una salida montada sobre un precario y casi inimaginado orden constitucional con consecuencias que aún no se logran vislumbrar. 

Pero, sobre todo, estos 21 días de crisis social y política han removido a la sociedad boliviana y han puesto al descubierto las fracturas no resueltas y sus aristas en el nuevo contexto.

Zavaleta decía que los momentos de crisis constituyen un momento de visibilidad, un método de conocimiento para sociedades como la boliviana que no tienen un modelo de regularidad. 

Lo cierto es que cuando la historia no resuelve sus contradicciones, cuando existe la oportunidad política, estas se van arrastrando como cadáveres en descomposición, se camuflan detrás de los acontecimientos o aparentan resoluciones salomónicas, pero la historia se encarga de volver a ponerlas en el escenario, como cuando el mar deposita los desechos plásticos en la arena. 

No sabemos aun si estamos viviendo un verdadero cambio de ciclo ni los rasgos que este tendrá en el mediano plazo; sin embargo, se puede percibir la espuma del oleaje y las señales que vienen de las profundidades.

Hay cuatro factores que han emergido a la superficie producto de este remezón, que son absolutamente importantes de analizar, constituyen los trasfondos de la reciente crisis y, sin duda, marcarán la historia del mediano y largo plazo, pues no se resolverán por arte de magia en la próxima elección. En primer lugar, la revelación de relaciones de poder en disputa, que resultan las ordenadoras de la hecatombe y también de la salida política y, subrepticiamente, someten a los protagonistas circunstanciales a sus propios guiones, esto no se puede ignorar.

En segundo lugar, la vivificación de las heridas históricas marcadas por la exclusión social y cultural del Estado colonial, que tuvieron varias oportunidades de resolverse y no sucedió, finalmente siglos después encontraron una senda con la última Asamblea Constituyente y las señales trazadas durante los primeros gobiernos de Morales, pero que, paradójicamente, fueron hoy instrumentalizadas justamente por los discursos del poder saliente para exacerbar el sentimiento de racismo, discriminación y victimización del presidente “indígena”, extremadas por la prensa e intelectualidad internacional.

En tercer lugar, la retoma de discursos federalistas y las tensiones generadas por el rechazo al centralismo estatal y la concentración del poder de los últimos años, tanto desde Santa Cruz como también desde Potosí.

En cuarto lugar, el colapso del sistema de representación político partidaria y la ausencia de mediaciones institucionales junto a la deriva caudillesca y autocrática de Evo Morales que perfora la democracia fuera pero también dentro del propio MAS y somete a las organizaciones sociales. Estos trasfondos se verifican en el estallido social que se desarrolla de manera caótica generando una fuerza que cambia el tablero político con la renuncia de Morales y la instauración de un gobierno transitorio. 

Si solo nos quedamos en las discusiones dicotómicas de lo que sucedió o en el detalle de los acontecimientos, seguirán invisibles o ausentes la grandes respuestas a las recurrentes preguntas que plantea la historia.



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