8 de julio de 2021, 5:00 AM
8 de julio de 2021, 5:00 AM


El mundo entero observa incrédulo el asesinato del presidente de Haití, Jovenel Moïse, acribillado en su domicilio mientras dormía junto a su esposa, en las primeras horas de la madrugada de ayer. Los asesinos ingresaron en la habitación de la vivienda presidencial en Puerto Príncipe y dispararon sin contemplaciones.

Las autoridades dicen que la situación está bajo control y se ha declarado el estado de sitio, con lo cual las escuálidas Fuerzas Armadas pasaron a tener el control de la seguridad del país y se puso en vigencia a los tribunales militares.

El magnicidio se produce a menos de tres meses de la realización de elecciones presidenciales y legislativas programadas para el 26 de septiembre, en las que se debía votar por un sucesor de Moïse.

El presidente ahora muerto venía arrastrando una pesada crisis política, acusado por la oposición de gobernar por decreto tras la disolución de la Asamblea Legislativa. Pretendía quedarse en el poder hasta el año 2022, porque interpretaba que así correspondía por haber asumido tardíamente, el año 2017, después de unas elecciones de 2015 que fueron repetidas.

En febrero reciente Moïse había denunciado un intento de magnicidio y un fracasado golpe de Estado del que acusó a un grupo de oligarcas de su país.

El presidente había roto relaciones comerciales con Venezuela, y la respuesta del régimen de Nicolás Maduro fue filtrar documentos que comprometían al presidente haitiano en una supuesta corrupción relacionada con la empresa PetroCaribe, lo que según la prensa internacional dio inicio a un periodo de inestabilidad de su gobierno y del país mismo. Algo de esa rivalidad podría explicar en parte, dice la prensa internacional, que en el comunicado oficial sobre la muerte de Moïse se dice que los integrantes del comando que entró a la casa y asesinó al mandatario hablaban español e inglés (el idioma de Haití es el francés).

A Moïse también se lo conocía por autoritario y era bastante impopular; le sobraban enemigos.

A la permanente crisis política de Haití se suman su condición de país más pobre de toda la región y de país azotado por los desastres naturales entre huracanes, terremotos, inundaciones, tormentas tropicales y lluvias torrenciales. El año 2010 un terremoto de magnitud 7 devastó a la capital Puerto Príncipe y dejó más de 200.000 muertos, más de 300.000 heridos y más de 1,5 millones de personas quedaron sin hogar. El 2016, el Huracán Mattew mató a más de 500 personas y provocó daños por 2.000 millones de dólares.

Haití es el país más pobre de América, con un Producto Interno Bruto per cápita de 765 dólares. Más del 60 por ciento de su población de 11,5 millones de habitantes vive con menos de dos dólares al día. Se estima que al menos cuatro millones de haitianos padecen inseguridad alimentaria.

En los años de gobierno de Moïse se acentuó la inseguridad con la proliferación de bandas armadas. Para tener una idea, solo en junio reciente 150 personas fueron asesinadas y 200 secuestradas en el área metropolitana de Puerto Príncipe. Las muertes violentas, secuestros y violaciones son cosa de todos los días en la capital haitiana y las fuerzas de seguridad del Estado han sido desbordadas porque entre otras cosas solo existen 500 efectivos del Ejército y 15.000 policías en todo el país.

Así está el país que ayer amaneció con su presidente asesinado. El futuro no se muestra esperanzador y ni siquiera la ayuda internacional parece suficiente para levantar un país donde se han juntado todas las desgracias posibles.



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