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Maldita pobreza

Pablo Mendieta 29/7/2021 05:00

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El pasado martes 27 de julio, el Fondo Monetario Internacional (FMI) actualizó sus Perspectivas Económicas Globales para este y el siguiente año. Sus consideraciones dejaron un sabor agridulce.

Lo positivo: visto en retrospectiva, la crisis de la pandemia ha sido más corta y menos aguda a nivel mundial que lo que se preveía un año atrás, en el momento más terrible del confinamiento.
Lo negativo: la recuperación es desigual entre economías avanzadas y aquellas que están en desarrollo. Es decir, existen mejores perspectivas para los países industrializados que para los emergentes. Además, el costo de esta surreal crisis es dispar, porque ha implicado una caída promedio de 3% del ingreso por habitante para los países ricos, pero del doble para los que no lo son.

La divergencia entre ambos tipos de economías ocurre principalmente por dos factores. El primero es que la tasa de inmunización y vacunación en los países avanzados es mucho más alta que en el resto de los países. Mientras el 40% de la población de los países desarrollados ya tiene inmunización plena, en el resto del mundo este porcentaje es una cuarta parte.

La segunda razón es que los países industrializados continuarán ayudando a las familias y a las empresas en este y los siguientes años mediante programas fiscales y estímulos monetarios. En cambio, en países en desarrollo, no existe la capacidad de proporcionar esas ayudas por la limitada posibilidad de endeudamiento.

Eso me lleva a replantearme la noción de pobreza.

Cuando hablamos de ella usualmente nos referimos a las carencias que tiene la población desde lo más esencial, como un ingreso mínimo para alimentarse. O también nos referimos a la incapacidad de satisfacer necesidades básicas, como una vivienda, salud y educación. Esta definición puede ir un poco más allá para comprender otras dimensiones, como nutrición, agua potable, electricidad, etc.

Sin embargo, lo que acaba de anunciar el FMI nos lleva a entender que la pobreza no solo se concentra en carencias específicas de individuos particulares, sino que puede generalizarse a sociedades en su conjunto.

Me concentraré en la pobreza institucional o la baja capacidad de implementar las medidas adecuadas en el momento oportuno con la gente precisa.

Por culpa de esta pobreza no tenemos un sistema sanitario que pueda brindar la atención mínima y decente a todos quienes sufren por la pandemia u otras enfermedades. La provisión de salud es mucho más que solo centros de salud, implementos y personal médicos. Incluye la capacidad de combinar adecuadamente estos y proporcionar cuidado preventivo y paliativo.

Por culpa de esta pobreza, no pudimos tener una red de protección social para los más vulnerables. Cuando llegó la crisis solo pudimos transferir bonos a la mayor parte de las personas, sin concentrar la ayuda en quienes más lo han necesitado.

Peor aún, no pudimos ayudar a que las unidades productivas de todo tipo puedan continuar sus operaciones y seguir proveyendo empleo. Quedó clara la ignorancia generalizada sobre cuántos, dónde y qué hacen los emprendimientos familiares y las empresas establecidas para apoyarlas a continuar y a mantener fuentes de trabajo. No supimos las necesidades de capital de operaciones para promover su continuidad.

Pero también mostramos una pobreza generalizada en la concepción de políticas macroeconómicas, pese a creer que las teníamos ya dominadas. En la parte fiscal nos faltó la capacidad de crear un marco fiscal que pueda asignar los recursos de forma eficiente como sostenible, con el cual habríamos enfrentado los coletazos de la pandemia.
O hemos estado carentes de la posibilidad de construir un régimen cambiario que pueda dar a la vez credibilidad para mantener una inflación baja, como flexibilidad para enfrentar los choques externos. Ni qué decir de una política monetaria que tenga la fortaleza de emplear aún las herramientas convencionales para preservar la producción.
En fin, maldita pobreza institucional que nos condena a la pobreza material.

Pablo Mendieta  / Economista

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