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Rompe en llanto cada cinco minutos. No puede creerlo. Respira mejor que nunca, agradece al cielo a cada segundo y cree en los ángeles de carne y hueso, vestidos de blanco. Ya está en casa.

Javier Libera, famoso por rescatar las recetas cruceñas de antaño, se salvó de ser uno más de los números tristes del Covid-19. Se lo dicen todo el tiempo, “es increíble que usted esté aquí, conversando”, le confesó un enfermero.

El coronavirus se ensañó con Javier a una velocidad impresionante. En un par de días de síntomas ya lo tenía sin aliento, a tal punto que, el sexto día, pedía ser intubado.

No tiene certeza de cómo se contagió, pero cree que fue en Samaipata, donde tiene un hotel, y medio mundo iba a meterse los fines de semana y feriados, a menudo sin los cuidados necesarios.

Es hipertenso, diabético y hace poco cumplió medio siglo de vida. Los pronósticos no eran los mejores para él. Estuvo intubado por nueve días, con la máquina de ventilación mecánica, por momentos, al 100% de su capacidad.

En ese periodo, su mente hizo lo que quiso con él. Tuvo todo tipo de alucinaciones, hasta creyó que su familia tuvo un accidente viniendo de Samaipata, esa idea surgió debido a visiones de paredes ensangrentadas.

Convertía el sonido del ventilador en helicópteros que sobrevolaban cerca de su cama, su sensibilidad auditiva se agudizó a mil.

El 23 de febrero despertó. La primera cara que vio, la de su hermano, que no se movió de ahí. Era el encargado de reportar sus avances.

“Nadie sabe cómo lloro, pero de alegría y de felicidad. Cuando hablé con mi madre me largué a llorar como un bebé, ella serena, diciéndome que si estoy acá es porque Jesús me ama. Mucha gente me dice no te pongás triste, porque no dejo de llorar, pero es pura emoción de tantas cosas que he visto, tanta gente, y eso que no me han dejado ver mucho, me tienen aislado”, dice, aunque confiesa que una enfermera le mostró algunas publicaciones de la gente que lo quiere.

Sabe que sus amigos organizaron varias actividades para ayudarle con los gastos, y se siente muy agradecido, pero aún necesita recuperarse, son muchas emociones.

Milagrosamente, sus pulmones están bien. Tenía comprometido el 85% de ellos. Eso sí, está aprendiendo a caminar nuevamente, debido a los sedantes. Le pusieron como 100 ampollas en el tiempo de intubación para que su organismo no rechace el respirador.

“Yo pedía que me dopen, o me iba a arrancar todo”, dice hoy más sereno.

Ya le dieron de alta, se irá por un tiempo a Samaipata para reaprender a caminar, hasta que se sienta más fuerte.

“Fue un equipo de trabajo que no tienen idea, por algo les dicen ángeles, fue increíble (llora). No sabía quién era quien y no importaba porque todos hacían de todo 24 horas al día con una dedicación. Me limpiaban con un cariño enorme. Y ya consciente, cuando comenzaba a subir la fiebre, me ponían hielo, me hacía frío y me pedían que aguante porque si subía la temperatura se complicaba. Me decían mil cosas para calmarme”, agradece.

Agradecido

Javier tuvo la bendición de que los médicos que lo atendieron eran compañeros de un buen amigo suyo, el doctor Felipe Centellas, que ahora trabaja en Estados Unidos, y que desde ahí daba algunas instrucciones, una de ellas, que de entrada lo pusieran boca abajo. Javier cree que eso le salvó la vida.

Javier sabe también que Felipe tuvo que hacer de sicólogo, calmándolo por teléfono en sus momentos de delirio, llamándolo a la cordura.

También tiene muy presente al chofer de la ambulancia que se metió en contraflecha por todas partes, en solidaridad con su angustia y falta de aire. Y las lágrimas no paran.



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