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22 de mayo de 2023, 4:00 AM
22 de mayo de 2023, 4:00 AM


Mario Malpartida/ Periodista 

Han sido distinguidas tres insignias de la comunicación social: Lupe Cajías, escritora de temple en toda ocasión, inspiración limpia, de vasta cultura, prístina expresión de un periodismo de Imprenta, columnista, académica y editora (me unen a ella dos hechos: mi carnet profesional lleva su firma, y el mentor de mi carrera fue su padre Huáscar Cajías, cuando trabaje en el periódico católico Presencia. El doctor Cajías gran maestro cuyas enseñanzas son imperdurables. Tiempos de matutinos El Diario, Presencia, Jornada y de vespertinos como Última hora.

Mario Castro, la voz de excelente dicción, profunda, fina y trascendental a través de un micrófono de condensador unidireccional, (tiempos de tocadiscos manuales y cintas de papel para grabadoras Grundig o Phillips, transmisores de un kilovatio en antena) , voz que se hizo más popular en un programa de preguntas y respuestas que él correspondía diciendo: ¡con seguridad!; su estilo incomparable leyendo noticias, y aún más, haciendo publicidad (me une el haber compartido la distinción “Micrófono de Oro”, otorgado por radio La Plata en sus bodas de oro, junto a Gloria Morales).

 Seguro que Mario fue precavido oyente de radios Nueva América, Méndez y Splendid. 

Daniel Sánchez, prototipo de la voz actual en noticieros, y en los relatos de fútbol, voz viajera de dimensión internacional (estoy vinculado a esa casa radial por un eslogan que se difunde antes de los noticieros de Panamericana ¡Bolivia escucha el llamado del mar...! que lleva mi voz).

El periodismo de hoy es distinto, no solamente por su versión tecnológica -un valor agregado cada vez más innovador- sino por su multiplicidad de expresiones, en la vorágine de la primicia - acaso ya improbable hoy- parapetado para consumir hechos y tornarlos noticias de impacto, y el demoníaco propósito de sobrevivir como emprendimiento, apelando a la suscripción y la publicidad. 

Al momento de recibir la medalla los distinguidos habrán sentido añoranza del pasado y recelo ante lo que está por venir, notoriamente más audaz y propenso a la desinformación, e incluso al presente, cuando “jueces ordinarios” remisos, aplican la norma penal a periodistas, fingiendo no conocer la Ley de Imprenta. 

Sobrevivieron los homenajeados a esos tiempos de dictadura, cuando el instinto de resistir, ser obstinado y consecuente era doblegado por la prepotencia hasta vulnerar principios, aceptando la autocensura, durante los golpes militares, frecuentes y cruentos.

Oportuna la decisión de la Universidad Franz Tamayo reconociendo tan meritorias carreras.

Este diez de mayo nos encuentra viviendo tiempos caóticos, leyendo que el ministro declara suministro de diésel normal y en letreros de surtidores se lee: “no hay diésel”; viendo lo que informa la Aduana Nacional, hablando de su eficiencia, mientras miles de vehículos, ingresados de contrabando, reclaman legalización. Recordando las imágenes de Ministros enardecidos que hace cinco meses negaban la escasez de dólares que hoy no los tiene ni el Banco Central.

Y siempre teniendo en cuenta ese permanente cuento de que somos un país rico, con una sociedad desigual, donde predominan los pobres, agrupados en discriminados-desfavorecidos-proletarios, frente a los capitalistas-neoliberales-pro-yanquis, ideando puntos de vista pragmáticos, provocando una lucha de clases criolla.

El desquicio informativo que sentimos en su versión política, no tiene dueño exclusivo, pero está claro que lo comparten la fuente, y el medio de difusión (especialmente plataformas de redes sociales). Así entonces, estamos inmersos, quiérase o no, en un pandemonio, donde domina como práctica común la mentira, se enquista el cinismo, todo esto adosado junto a otras patrañas con la frase que huele a inocencia “¡es necesario por el bien del país!”.