20 de agosto de 2023, 4:00 AM
20 de agosto de 2023, 4:00 AM


¿Ganó? ¿O puede ganar Javier Milei? Técnicamente, fue el precandidato que más votación recibió para ser reconocido oficialmente como candidato para las elecciones de octubre venidero. Pero, como se dieron las cosas, las PASO (Elecciones Primarias Abiertas Simultáneas Obligatorias), en este caso, ¿parecen marcar la tendencia definitiva de octubre?

Contexto de las PASO: en el caso de Milei, compitió solo sin oposición “libertaria” (La Libertad Avanza); Bullrich y Rodríguez Larreta (Juntos por el Cambio), de opción centro derecha, tradicional, compitieron entre ellos y Massa y Grabois (Unión por la Patria) lo hicieron por la candidatura oficialista. Hubo otros candidatos menores que prácticamente no cuentan.

Reitero, por la sorpresa, se lo ve como candidato ganador de diciembre, cuando la realidad nos muestra que los porcentajes de los 3 frentes citados son, como bien se dice, 3 tercios, que no se diferencian con más de 3 a 3,5 puntos, lo que significa que todo puede cambiar en octubre, aunque la apreciación que se cae de madura es que Milei puede ampliar su ventaja.

Javier Milei es, lo que se llama en política, un “outsider”, a quien, aunque la traducción defina como “forastero”, se lo puede definir como alguien que está actuando “por o, desde fuera”, de la política formal de ese país; es el candidato disruptivo, el que llega, aparentemente, con todo nuevo; no vamos a hacer juicio de valor sobre si “lo nuevo de Milei” es aplicable o no, si “una cosa es discurso y otra la realidad”, etc. Simplemente reconoceremos que sus planteamientos rompieron el modelo y tradición de hacer política en un país en el que todo se ha complicado desde hace muchos años.

Milei tuvo la habilidad de hacer que la gente se fije en él porque se posicionó como el “único opositor” con posibilidades de cambiar el estado de cosas; supo diferenciar “su derecha” de la derecha tradicional, como marcamos arriba, representada por el Macrismo (Bullrich-Larreta), que sigue siendo nomás parte del sistema político argentino; eso lo mostró la presidencia de Mauricio Macri, quien teniendo las posibilidades de romper esquemas trató de ir “de a poco”, tratando de no romper con el populismo peronista y, de ser posible, generar su propio populismo de derecha.

El populismo tiene “la virtud” de posicionarse a los dos lados de la política sin ningún problema, porque no es una ideología sino una manera de ser y hacer cosas en política; “es un comportamiento” que deriva (les agrade o no) del fascismo… esto lo aprovecharon muy bien, allá por la segunda mitad de los años 40 del siglo pasado, Juan Domingo Perón y Getúlio Vargas; en Brasil influyó menos políticamente aunque ambos son en sus países los principales referentes políticos del siglo XX; el peronismo continúa hasta ahora, con el kirchnerismo, que ahora está sin representación destacada, aunque hay que esperar qué hace Máximo Kirchner, el hijo del fallecido Néstor, esposo de Cristina Fernández, quienes en su larga como sinuosa vida política han practicado las idas y vueltas entre derechas e izquierdas, logrando para ellos un apoyo popular importante, en este caso, ella misma se encargó de dinamitar a partir de una conducta deshonesta.

El outsider se impone, por izquierdas o derechas, por aprovechar el desprestigio de la clase política, por la situación social; por cómo están los pobres, por la falta de trabajo formal para los miles y millones de ciudadanos que llegan a los mercados laborales que no ven satisfechas sus pretensiones o aspiraciones, por la corrupción en la que cayeron sus gobiernos y por varios problemas más.

Hay pruebas de ello: en Ucrania, con su presidente que no sale de la política tradicional, sino que era comediante hastiado de la situación política de su país; me refiero a Volodimir Zelenski, devenido en héroe por la defensa a su país, tras la agresión rusa. Están Donald Trump, Bolsonaro y Giorgia Meloni, que sin ser outsider propiamente expresó el hastío de su país; a ella no se la ve como parte de la “derecha tradicional”, y se la ubica en la “extrema derecha”, aunque sea parte de la política formal italiana; lleva unos 20 años en ello. Boric, en Chile, es casi un outsider, que no es de la izquierda tradicional, como no era Castillo de Perú y podemos seguir contando, pero, Milei es un fenómeno que merece observación, porque tiene discursos arrolladores, violentos a ratos, que intenta hacerse ver como la nueva derecha, muy liberal, aunque el liberalismo no sea exactamente como lo plantea y propone el hasta ahora exitoso Milei, a quien hay que esperar hasta ver cómo encara las elecciones, donde necesitará llenar el Parlamento (senadores y diputados) de fuerza propia para hacer las mayorías que le permitan llegar a lo que busca, solo o en acuerdos; para ello deberá morigerar sus ímpetus e irrespetos a los adversarios porque la democracia se construye de consensos y acuerdos y no de exclusiones; eso sí, se pueden negociar los medios pero nunca los principios.

En fin, todo esto para preguntarnos si es posible tener un Milei en Bolivia, que se ha convertido en el objetivo de los descontentos que se suman por miles por el desarrollo de la política nacional; el objetivo de unos es el temor de otros; el masismo muestra su preocupación; ellos son la muestra del fenómeno del “empute” político.

Veamos: Evo Morales, el que fuera líder del MAS, es una construcción política de la vieja izquierda obrerista y minera, Filemón Escobar es el “hacedor“ más importante del que fuera el fenómeno político de fines del siglo pasado, aunque hace política desde los 80; él había fracasado en varias elecciones en su intento de ser parlamentario (gobiernos de Paz Estenssoro y Jaime Paz) hasta que fue diputado en 1997, tras dos intentos con “siglas prestadas”, destacando por sus radicalidades “izquierdistas” y protestas cocaleras, empujado por Fidel Castro y luego por Hugo Chávez Frías, quienes le recomendaron no dejar el movimiento cocalero porque necesitaba esa fuerza.

Antes del segundo gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada, fue su oportunidad; los movimientos sociales, cansados de los “fracasos guerrilleros y electorales”, idearon una nueva estrategia para llegar al poder; nada nuevo; la protesta sostenida; digamos una especie de “guerra popular prolongada”, como la hizo Mao o la intentó el Comandante Gonzalo, Abimael Guzmán, en Perú; en ella, Morales no participaba, sino de manera tangencial. Así, la guerra del agua, año 2000, Banzer presidente, fue la primera prueba. No resultó, pero se probó que se podía tratar por esa vía. La crisis de Sánchez de Lozada “explotó en febrero de 2003, en un inexplicable mitin policial; el masismo se puso detrás, en fila; ahí hubo algo más que en la guerra del agua; en esos hechos se notó lo “insurreccional subversivo” presentado o practicado como un ejercicio pleno de la CPE, que no es otra cosa que el “derecho a la protesta”; tampoco resultó, pero fue corregido y aumentado en octubre negro, cuando logran la renuncia de Sánchez de Lozada, después, tras de Mesa, y evitaron la sucesión constitucional de Hormando Vaca Díez y Mario Cossío, derivando en Eduardo Rodríguez Veltzé, quien convocó a elecciones que ganó Morales; era lo nuevo, la burguesía y clases acomodadas de La Paz y Cochabamba votaron por él.

Hoy, después de esa experiencia, el Gobierno del MAS llena las cárceles de quienes protestan; se los llama “subversivos”, ellos saben, desde el poder, lo que puede pasar si se ejerce de la misma manera el derecho a la protesta; ya lo sufrieron el 2019, tras el fraude de Morales. La protesta “duele”.

Pero ese tampoco es el tema, el tema pasa por saber qué puede pasar en Bolivia si se logra la presencia de un outsider o uno que haga las cosas por “afuera”; que llegue al Gobierno no es problema, si llega, el tema es cómo gobierna; para eso hay que tener con qué, además de “ideas libertarias”; el liberalismo está en los partidos de derecha bolivianos, aunque también el populismo y ese es un híbrido dañino.

Si lo hace mal, ¿“ellos vuelven”?

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