El Deber logo
23 de agosto de 2023, 4:00 AM
23 de agosto de 2023, 4:00 AM

Por Ignacio Vera de Rada, profesor universitario

No importa si somos liberales o socialistas, de izquierda o de derecha: no podemos no admitir que el mundo está dominado por el capitalismo (la religión del dinero y la producción masiva). Este sistema económico, que permea fronteras e interconecta a personas de toda índole, hace que el mundo se acelere cada vez un poco más y reine entre nosotros el instinto de la productividad a toda costa, como si la vida tuviese que ser un esprint, una carrera por la multiplicación de billetes y factorías. Una de las pruebas de esto es que, en el mundo educativo, y sobre todo en el universitario, han ido apareciendo cada vez más carreras relacionadas con el emprendimiento, la administración de empresas, las finanzas y los negocios, quizás en detrimento de las que están relacionadas con las humanidades.

Uno de los peligros de esta situación es que la educación va perdiendo de vista el foco de su fin supremo, lo cual no debería suceder, al menos si somos antropocentristas y creemos que el fin de la vida en la tierra es la felicidad humana, la cual consiste en la plenitud tanto física como espiritual (léase sicológica, si se quiere) del ser humano y no en la producción desenfrenada de objetos. Como sostiene el filósofo español Carlos Javier Gonzáles Serrano -que, a su vez, parafrasea a la filósofa María Zambrano-, solo una educación humanística puede conceder al ser humano un instinto, no de lucro salvaje, sino de reflexión y búsqueda constante, con el fin de que aquel no sea un siervo de la productividad, sino de la búsqueda de su felicidad. Esto se puede aplicar a quien estudia para abogado, sociólogo o antropólogo, pero también para el que se forma para médico, ingeniero bioquímico, publicista, físico o biólogo. Incluso las nuevas carreras relacionadas con la empresa y la mercadotecnia no deberían dejar de tomar en cuenta las humanidades, las cuales, según Friedrich Schiller, son las únicas que pueden hacer que el ser humano sea el legislador de su propia libertad.

Imagine el lector una malla curricular colmada solamente de asignaturas técnicas, sin pizca de historia, pensamiento crítico o artes… ¿Estará capacitado el estudiante que la cursa para discernir entre lo que es bueno y malo? ¿Tendrá la solvencia necesaria para reflexionar lo que, según su campo de estudio u oficio, constituyen la Verdad, la Belleza, el Bien o la Justicia? ¿Cómo, entonces, se desempeñará en su futuro ejercicio profesional? Lo hará seguramente de manera automática o mecánica. Así, un médico curaría enfermos o trataría de prolongar la vida terrenal solo porque sí y un abogado trataría de ganar pleitos sin preguntarse si su causa es la justa, sin cuestionar la ética de sus argumentos. El objetivo de estos profesionales sería únicamente producir; en aquellos dos casos, verbigracia, producir enfermedades sanadas y litigios ganados, solo por el hecho de hacerlo.

Nuestro tiempo, el de la modernidad líquida (Z. Bauman), es también el tiempo del consumismo masivo, cuyo mantra es producir siempre más y consumir más para ser supuestamente más felices. Es casi imposible que esta tendencia cambie en el futuro próximo, ya que el paradigma tecnológico que hoy domina las comunicaciones y el crecimiento exponencial de la demografía, lo impedirían. Y, dado que ya somos tantos los pobladores en la Tierra, tampoco sería deseable que la producción frenara o siquiera redujera, so pena de provocar desabastecimientos mortales. Pero es justamente por su irreversibilidad que creo que hay que repensar la educación tanto colegial como universitaria, para que su eje vuelva a ser la búsqueda de la plenitud humana, una plenitud que, si bien es un ideal inalcanzable, puede ser un objetivo al que llegar, un “camino hacia”.

Como la vida es un misterio y está siempre inacabada (un proyecto siempre abierto), la libertad y la crítica no deberían desaparecer, y esto solo se podría lograr manteniendo -y en algunos casos desenterrando- las humanidades. Homo sapiens es, además, Homo religiosus, como dice Karen Armstrong; o sea, un ser inclinado a la sensibilidad de lo metafísico, y esa inclinación es parte de su búsqueda. Pero la modernidad trata de normalizar su condición de consumidor y de convencerlo de que es una tuerca infinitesimal en un gran sistema productivo, sin posibilidad de cuestionar ese armatoste.

Tags