11 de enero de 2023, 4:00 AM
11 de enero de 2023, 4:00 AM

Histriónico, amenazador y agresivo en su lenguaje, Arturo Murillo, enconado enemigo de Evo Morales, esperaba inquieto la llegada de Jeanine Áñez a Plaza Murillo, la tarde del 11 de noviembre de 2019. Cuando Áñez descendió del vehículo que la transportaba, fue el primero en abrazar con fuerza a la futura mandataria y no se separó desde ese momento.

Dos días después, Áñez asumió la Presidencia y Murillo estuvo a su lado sosteniendo la Biblia, agarrando el micrófono en las gradas de Palacio Quemado y siempre próximo en el instante de gloria que sienten todos los políticos cuando salen a saludar a sus seguidores desde el balcón de la antigua casa de gobierno. Murillo estaba haciendo su trabajo.

La zalamería política del senador cochabambino dio el fruto que esperaba. Poco tiempo después juró como ministro de Gobierno, el cargo que seguramente anhelaba en silencio, y así nació el Robespierre criollo. Ávido de venganza amenazó con “cazar como ratas” a sus enemigos políticos mientras gestionaba la designación de su hermana como cónsul en Miami, con el único respaldo de ser familiar del ministro de Gobierno.

Murillo dio la tónica del Gobierno de Áñez, impuso un discurso belicoso y confrontador. Supo ganarse la confianza de la mandataria y convertirse en el personaje más influyente del gobierno de transición. Fue uno de los principales gestores del fracasado binomio Áñez-Doria Medina porque posiblemente creyó, como todo político de escasas luces, que el poder era eterno.

Poco sabía sobre la pandemia, pero, junto a Áñez, entregó los primeros respiradores artificiales que llegaron a Bolivia, aquellos que fueron motivo de un escándalo de corrupción. Nada sabía sobre salud pública, pero inspeccionó el hospital de Montero y pidió que se cambie el color de las paredes. Le decía a la presidenta cuándo y qué declarar y, por último, también le exigió que cambie a los ministros que eran incómodos para sus planes.

Siguiendo el instinto de los roedores, abandonó a su protegida presidenta y salió del país días antes del cambio de gobierno porque tenía sus propios planes. Estados Unidos era el destino elegido para gozar del soborno de más de 600 mil dólares que él y sus cómplices cobraron por un contrato de compra de gases lacrimógenos. Las investigaciones revelaron que Murillo urdió su plan desde el momento que juró como ministro de Gobierno. En pocas palabras: entró a lucrar de la forma más repudiable.

Pero no imaginó que el olor del dinero mal habido terminaría por delatar su conducta, lo sentó en el banquillo del acusado y le obligó a confesar sus delitos. Ya no viste traje de gala ni uniforme de policía, sino la indumentaria que corresponde a un reo rematado y vive en una celda donde pasará 2.100 noches de su vida. Pero cayó en Estados Unidos, no en Bolivia.

¿Cuántos políticos de la estirpe de Murillo hay en nuestro país? Lamentablemente muchos, tal vez la mayoría. Basta escuchar a diario las denuncias de corrupción que abundan en las nueve gobernaciones, los 342 municipios o los 17 ministerios de Estado; pareciera que en Bolivia el dinero mal habido “huele bien” y sirve de credencial para tener nuevos puestos e incluso aspirar a cargos diplomáticos.

La corrupción es un cáncer que amenaza la vida de la democracia, la está carcomiendo lentamente al punto de que en muchas esferas ya no se debate el valor del voto, sino el pago que recibirá un político para dar luz verde a una ley o un contrato. La pregunta es: ¿hasta cuándo?

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