14 de abril de 2021, 5:00 AM
14 de abril de 2021, 5:00 AM


Cuando mayor atención deberían tener es cuando más desprotegidos están. La niñez y la adolescencia es la población más vulnerable y carente de oportunidades en este momento en Bolivia. Varios factores contribuyen a ello: la violencia hacia los más pequeños ha recrudecido con la pandemia; el desempleo obliga a los niños a salir a buscar sustento ante la imposibilidad de los padres; el año escolar es irregular y deficiente para los alumnos de las zonas más alejadas de las capitales, entre otros problemas muy graves que no tienen solución.

Las proyecciones del Instituto Nacional de Estadística muestran que hay 2,8 millones de niños menores de 11 años en el país, lo que equivale al 24% del total de habitantes. Los adolescentes que tienen entre 12 y 17 años son 1,3 millones. Ambos grupos equivalen a un tercio de la población nacional. Eso podría significar una oportunidad, porque el Estado puede destinar recursos y gestiones para generar oportunidades de formación, de nutrición y de desarrollo integral. Sin embargo, se ha visto que los niños no son ni han sido prioridad para los últimos tres gobiernos nacionales.

La pandemia puso en evidencia el año pasado la carencia de habilidades y recursos del sistema educativo nacional. Se clausuró el año escolar y fracasó la educación virtual, especialmente para los niños de menos recursos económicos. Fue un año perdido. El nuevo Gobierno criticó a su antecesor, pero no hubo grandes mejoras entre 2020 y 2021. No todos los niños y adolescentes accedieron a las cartillas educativas, la plataforma para conectarse a internet funciona a tropezonas y siguen los problemas.

Casi a diario hacen noticia los terribles casos de violencia a la niñez. Hubo al menos cinco infanticidios en lo que va del año y se duplicó el número de violaciones sexuales en esta población, eso en lo que se conoce y registra, ya que hay otros casos que ocurren y que no se registran en las estadísticas oficiales. No hace falta mucho esfuerzo para encontrar que en las rotondas hay cada día más bebés en brazos de adultos que piden limosna, no se sabe si son los padres.

Estos casos ocurren frente a las narices de las autoridades municipales, departamentales y nacionales. ¿Qué hacen al respecto? No se ve la preocupación por esas pequeñas vidas obligadas a extender la mano o a vivir con la carga de una violación sexual o soportando malos tratos permanentes.

Bolivia tendría que estar celebrando semejante cantidad de niños y adolescentes en su población, pero al no existir políticas de protección y de desarrollo integral, lo que hay que hacer es preocuparse, porque se estarán formando personas sin oportunidades, sin sueños y sin un futuro mejor que el que ahora tienen sus padres.

Las elecciones subnacionales fueron el escenario para que los candidatos exhiban ofertas llamativas, pero no para que haya una mirada de largo plazo. ¿Qué país queremos de aquí a diez años? ¿Se puede soñar si no hay una acción concreta en el presente que responda a una planificación? Mientras en Bolivia no se actúa con responsabilidad con relación a ese tercio de la población niña y adolescente, en el mundo se van dando pasos gigantes en ciencia y tecnología, que amplían aún más la brecha educativa y de opciones.

Aún es tiempo de salvar y proyectar a los niños y adolescentes. Lo que se haga ahora cimentará el mañana de este país. Políticas integrales para esta población necesitan recursos económicos, pero también compromiso y amor.

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