18 de junio de 2023, 4:00 AM
18 de junio de 2023, 4:00 AM

La muerte de una niña de seis años, como efecto de haber sido apuñalada en su escuela por otro niño de 11 años, desvela un estado de indefensión de los estudiantes en los centros educativos. La violencia es cotidiana, frente a la mirada indiferente de los maestros, directores y padres de familia.

La niña estaba en el aula y pidió permiso para ir al baño, al salir de éste fue apuñalada por otro niño del mismo colegio, que corrió al comprender lo que había hecho. La pequeña se desvaneció al poco tiempo y fue asistida por un padre de familia que la llevó en brazos a un centro médico.

A los dos días del hecho, en esa misma escuela se celebró el Día del Maestro como si nada hubiera ocurrido. Y algunos días después, la niña víctima del ataque falleció. Mientras tanto, el estudiante agresor fue expulsado del colegio, en una decisión que -según se conoce- fue avalada por la Dirección de Educación.

El descrito es uno de los muchísimos hechos de violencia entre estudiantes, también llamada bullying. Cada día hay agresiones verbales y físicas a miles de niños y adolescentes del país. En muchos casos, los padres de familia (de las víctimas y de los agresores) ni siquiera se enteran de lo que pasa con sus hijos, ya sea porque viven tan de prisa que no tienen tiempo para dedicarlo a sus tesoros más importantes, o porque sus hijos viven con tanto miedo que no cuentan lo que les pasa. En ambas situaciones, no hay justificativo para evitar estar al tanto y actuar para frenar estos sucesos.

Los ataques ocurren en las escuelas y a vista y paciencia de los maestros, regentes y directores.

En muchos casos, cuando los padres y madres se enteran los dan a conocer confiando en que se hará algo para frenarlos, pero es también frecuente que haya maestros negligentes frente a esta realidad, con lo que la violencia se queda instalada y sin solución.

Cuando los hechos se desbordan por la violencia, el establecimiento educativo se deshace del problema expulsando al estudiante agresor y, de esa manera, el problema va saltando de colegio en colegio sin resolverse. En el caso mencionado, sacar al niño de 11 años que apuñaló a una niña es un agravante, en lugar de ser una solución. Obviamente, ese menor de edad tiene graves problemas que deben ser atendidos para que no se agraven con el paso del tiempo. ¿Quién se hace cargo de esta responsabilidad? ¿No tendría que tener un rol protagónico la Defensoría de la Niñez y la misma Dirección Departamental de Educación?

Por otro lado, el hecho pone de manifiesto que las escuelas no tienen protocolos para actuar en situaciones de violencia. Fueron los padres de familia de la escuela quienes se movilizaron para pedir que se haga un test sicológico a los estudiantes, para contenerlos frente al impacto de haber sido testigos de un ataque de esa naturaleza. Hubo una demora de días para abordar el suceso y buscar soluciones en la comunidad educativa.

En síntesis, los niños y adolescentes están indefensos en los colegios. Entretanto, tienen acceso casi ilimitado a juegos y videos donde el objetivo es aniquilar al contrincante, las redes sociales que los niños y adolescentes frecuentan les plantean retos peligrosos que se cumplen. ¿Qué hacen los padres al respecto? ¿Hablan con sus hijos para orientar respecto a los contenidos que consumen o siguen dando el teléfono como una suerte de niñera electrónica que los mantenga entretenidos?

Hay mucho que hacer por nuestros niños. Solo es cuestión de hacerlo de manera decidida. La indiferencia se torna en negligencia y las consecuencias generan mucho dolor para todos.

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