Opinión

Octubre negro en Chile

6 de diciembre de 2019, 3:00 AM
6 de diciembre de 2019, 3:00 AM

Vivía en Santiago de Chile en 2003. Si bien mi interés profesional se centraba en analizar el comportamiento de la economía vecina, la convulsión de febrero de ese año en Bolivia me indujo a escuchar asiduamente una radio boliviana por internet.

Esos días estuve literalmente preocupado en el sentido griego de la palabra: “merimnao” (de “merizo”, dividir y “nous”, mente). Mi mente estaba dividida entre las obligaciones laborales y mi inquietud por lo que escuchaba del país por la radio.

El 17 de octubre en la tarde mi jefe, Felipe Larraín, un economista graduado en Harvard que era profesor de la Universidad Católica y fue parte del equipo asesor del gobierno boliviano en la estabilización de los ochenta y las reformas del noventa, me preguntó por la situación. Le dije con toda sinceridad que todo había desbordado en crisis y que era difícil que continúe el gobierno de turno.

Compartimos ambos el asombro sobre cómo Bolivia había caído en una situación tan frágil en lo político, social y económico. De hecho, meses antes realizamos un diagnóstico sobre el escenario fiscal boliviano y las duras restricciones.

Desde entonces comencé a percatarme que los problemas del país tenían muchas características estructurales, institucionales e históricas.

Dieciséis años exactos después mi situación es inversa. Veo con asombro lo que está sucediendo en Chile desde el 18 de octubre complicando al gobierno de Sebastián Piñera, del cual su ministro de Hacienda fue hasta hace unas semanas mi antiguo jefe Felipe Larraín.

Quema de estaciones del transporte público, destrucción y saqueos masivos, fuerzas armadas en las calles, entre otros. Si bien el gatillador fue el alza de los pasajes del transporte subterráneo o Metro, la mayoría coincide que los problemas chilenos también son estructurales.

¿Por qué vimos un octubre negro en el país con mejores indicadores de Latinoamérica? Una razón inmediata es la desaceleración económica: Chile creció 1,8% en el primer semestre, muy lejos de las tasas de 7% de los años noventa. Otra tiene que ver con la baja credibilidad de las instituciones, pues en estos años se destaparon escándalos de proporciones en la policía, las fuerzas armadas, las empresas grandes e instituciones religiosas.

No obstante, la razón principal parece apuntar al descontento con la situación relativa de las familias dentro de Chile. Me refiero a la alta desigualdad de las condiciones de vida junto con una expectativa de muy lenta movilidad social.

Incluso el escritor liberal Mario Vargas Llosa, al referirse a esta crisis, apuntó directamente a la falta de igualdad de oportunidades y señaló que “en nuestros países, si uno nace en una familia desfavorecida, tiene muchísimo más dificultad para abrirse camino y prosperar” (El Mercurio, 22/10).

Debo aclarar que en economía existe consenso claro de luchar contra la pobreza, no así la desigualdad, donde priman diferentes visiones entre técnicas e ideológicas.

En lo personal, considero que la desigualdad debe ser atendida. Baso mi razonamiento en un estudio hecho en los noventa por Larraín y el expresidente del Banco Central de Chile, Rodrigo Vergara. Ambos muestran que los países más desiguales crecen e invierten menos, lo cual se explicaría por la conflictividad social asociada a la desigualdad.

Dicho sea de paso, los datos de varios años y muchos países también muestran este resultado en una investigación realizada en 2003 por los recientes premios Nobel en economía Esther Duflo y Abhijit Banerjee.

La implicación más importante de lo anterior es que la prosperidad económica no sólo debe ser percibida en los indicadores macroeconómicos, sino fundamentalmente en el bienestar de sus habitantes. También soy consciente de que la lucha sostenible por la igualdad de oportunidades se basa en políticas inclusivas de educación de calidad, en dirigir la ayuda social solo a quienes la necesitan, en priorizar la inversión y gasto público, entre otros.

Ese es, en mi opinión, el reto del gobierno boliviano que se elija en 2020.

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