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“La esperanza es el peor de los males, pues prolonga el tormento del hombre”, fue la sentencia emitida por el filósofo Federico Nietzsche, en su obra Humano, demasiado humano el año 1878.

Sin duda alguna se equivocaba, ya que más bien la esperanza concede al ser humano ese impulso vital y dosis de optimismo, necesarios para sacar fuerzas y enfrentar las adversidades, con la confianza de que la victoria es verdaderamente posible de ser alcanzada.

Tan importante ha sido siempre la esperanza, que ya en la antigua Roma ella fue personificada como la diosa Spes, irguiéndosele al menos dos templos situados en la mismísima Ciudad Eterna, uno ubicado en el Foro Olitorio, y el otro en la ruta del Vicus Longus, y a propósito de los tormentos con los que luego la asociaría Nietzsche, los romanos más bien la concibieron como hermana del sueño, que da tregua a nuestras penas, y de la muerte, que las termina.

A cuenta de todo esto, hoy en día los bolivianos vivimos y somos testigos de muy aciagas noticias: el espoleo del autoritarismo gubernamental con nuevas arremetidas en la persecución política, arengas guerristas para el enfrentamiento fratricida entre bolivianos, permanente desincentivo económico para la iniciativa privada, cotidianos estallidos de hechos de corrupción pública por doquier, impunidad para aquellos delitos con padrinazgos partidarios, feminicidios, infanticidios, y en fin, una lista incesante de todos los males de la caja de Pandora, castigándonos sin piedad.

Ante tan sombrío panorama, la total desesperanza, y no otra, sería la alternativa a la cual nos convoca la idea esbozada por Nietzsche, es decir, a aceptar resignadamente esa lacerante realidad, y renunciar anticipadamente a cualquier pretensión de cambiarla, evitándonos así sufrir por una quimera.

Pero en Bolivia no somos así, sino que el alma de los bolivianos es más bien aristotélica, pues hacemos carne de aquel célebre pensamiento del filósofo griego, quien más bien afirmó que la esperanza es aquel “sueño del hombre despierto”, es decir, contar con la firme convicción de que lo mejor es posible de lograr, y que la realidad no conforme con ese ideal, puede ser transformada, siendo así la esperanza el impulso de nuestra voluntad y acción para conseguir cambiar para bien.

Hoy Bolivia necesita, más que nunca, anteponer una gran dosis de esperanza para enfrentar tantas vicisitudes, de manera que más temprano que tarde, mejores días se auguren aquí para nosotros y nuestra descendencia, en el único y hermoso país que tenemos, y que amamos profundamente.

José  María Cabrera Dalence es Constitucionalista, profesor de Derecho, y Exprocurador General del Estado

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