22 de junio de 2023, 4:00 AM
22 de junio de 2023, 4:00 AM

Palmasola puede significar muchas cosas: criminalidad, hacinamiento, peligro o corrupción. Detrás de sus muros se han tejido todo tipo de historias, desde nuevas organizaciones, criminales, con policías incluidos, hasta cruentos enfrentamientos entre privados de libertad con saldos fatales. Palmasola es sinónimo de todo, menos de rehabilitación. Y la descripción aplica, en general, a todo el sistema penitenciario del país.

Los datos son precisos e irrebatibles. En las jornadas judiciales de descongestionamiento carcelario, realizadas en marzo de este año, se detectaron 7.000 reclusos frente a 250 detenidos que recuperaron su libertad, en un recinto cuya capacidad máxima es para 3.000 personas. Este primer indicador es alarmante, mucho más si se considera que cada semana ingresan un promedio de 20 detenidos y sólo salen 15.

Peor aún, uno de los factores que agrava la crisis es que la cárcel construida para que los sentenciados cumplan sus condenas y paguen su deuda con la sociedad se ha convertido en reclusorio de detenidos preventivos cuyo derecho a la presunción de inocencia y al debido proceso está siendo vulnerado constantemente por el Estado boliviano.

El uso abusivo de la detención preventiva ha sido observado en varias ocasiones por la Comisión y la Corte Interamericana de Derechos Humanos. También el relator de las Naciones Unidas para la independencia de jueces y fiscales, Diego García-Sayán, hizo énfasis en este tema con la advertencia de que las cárceles bolivianas tienen 350% más de internos de los que pueden albergar.

De hecho, 7 de cada 10 internos no tienen condena y la mayoría son de escasos recursos, están recluidos por delitos menores, carecen de instrucción y pueden permanecer presos por 10 años. ¿Qué les espera a estas personas cuando finalmente salen y lo han perdido todo? Es altamente probable que vuelvan a delinquir o, como ya ocurrió en algunos casos, cayeron por robar celulares y aprendieron a ejecutar asaltos a mano armada.

Por otro lado, están la corrupción y los privilegios. Hay gente que vive en la indigencia, entra pobre y sale miserable; frente a narcotraficantes, estafadores o delincuentes de cuello blanco que compran celdas, gozan de comodidades, invierten en su seguridad personal y, más pronto que tarde, obtienen fallos que les permiten volver a casa, a su vida de lujos y derroche.

Palmasola, como todas las cárceles del país, es una reflejo triste y caricaturesco de esa sociedad descrita por George Orwell en su libro La Granja de los Animales, cuando plantea que todos los animales son iguales ante la ley, pero unos son más iguales que otros.

Al margen de los significados atribuibles a la cárcel de Palmasola antes mencionados habrá que añadirle uno más: fracaso. Bien afirma Guillermo Sanhueza, sociólogo de la Loyola University Chicago: “Las cárceles son el reflejo de la sociedad que estamos construyendo y es el fracaso de nosotros como sociedad, de no tener una sociedad más cohesionada, justa y digna”.

Como Palmasola, el sistema carcelario boliviano es reflejo del fracaso de la sociedad agravado por un sistema judicial carente de independencia, operado por jueces y fiscales ineptos, sometido por el poder político de turno y seriamente afectado por la corrupción.

Triste panorama del presente y antesala del futuro incierto de una sociedad que necesita autoridades visionarias, preparadas, inteligentes, honestas y desprendidas, nada de lo que por ahora se puede ver en el escenario político actual. Así seguiremos caminando de fracaso en fracaso.

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