2 de diciembre de 2022, 4:00 AM
2 de diciembre de 2022, 4:00 AM


Este fin de semana comienzan los partidos de octavos de final del campeonato mundial de fútbol Qatar 2022. Cada cuatro años, durante un mes, los futboleros de siempre -e incluso los que nunca entenderán lo que es una posición adelantada-, orbitan alrededor de este universo popular llamado fútbol. Para la columna de hoy, rescato uno de los once cuentos que da nombre a mi libro, Pasión inútil. Cuentos de fútbol (2019), que describe el emotivo testimonio de un padre -como yo-, que admite la responsabilidad de haber contagiado a su hijo de un amor sin fundamento ni contrapartida.

“Cuando lo veo gritar, como un loco en las tribunas; cuando se enfada desquiciadamente, después que nuestro centro delantero falla un penal; cuando salta iracundo entre medio de cientos de miles con camisetas celestes; cuando se queda ronco y afónico de tanto gritar en el estadio; cuando programa su vida en función del calendario de partidos de nuestro equipo; cuando repite de memoria los inservibles nombres de cada uno de nuestros jugadores, de diversas épocas; cuando lo veo triste, al bajar las gradas del Tahuichi; cuando se embarca en viajes riesgosos para estar en las peligrosas tribunas visitantes; cuando al inicio de la temporada se ilusiona que este será -finalmente- el año del campeonato; cuando todo esto, y algo más, ocurre… hago un mea culpa, porque yo le inculqué este amor inútil. Yo lo entusiasmé con hazañas improbables. A veces me avergüenzo de pensar en todas las cosas importantes que no fui capaz de enseñarle, porque perdí el tiempo enseñándole cosas como esta. Sin medir las consecuencias, le contagié un amor sin fundamento ni contrapartida.

Lo hice mi cómplice. Le transmití mi condición de hincha de una pasión inservible. Lo inoculé para siempre con el veneno dulce del amor perpetuo. Lo infecté -irresponsablemente-, de una sinrazón que no se cura. Año tras año, le lavé el cerebro con una de las mayores estupideces humanas. Lo hice socio de un emprendimiento que no genera utilidades. Lo llevé, desde muy pequeño, a una cancha de fútbol como si ahí se jugara el futuro de la humanidad. Lo hice sufrir con la idiotez de once tipos en pantalón corto corriendo detrás de una pelota de cuero, luchando con otros imbéciles parecidos para encajarla entre medio de tres palos. Lo ilusioné con levantar una copa de lata, como si eso significara algo en la vida. Lo forcé a compartir conmigo una causa común, que es una soberana chifladura. Lo contaminé con mis trastornos, obsesiones y ridiculeces.

A pesar de todo, cuando el azar nos permite hacer un gol y ganamos a nuestro clásico rival o cuando vencemos al penúltimo de la tabla, que es un equipo recién ascendido; incluso, cuando arañamos un agónico empate en las alturas… alcanzamos la gloria.

No hay razón que lo justifique, pero este amor enajenado nos ha sabido unir de una manera inexplicable. Es imposible describir todo lo que hemos vivido desde la tribuna de un estadio o frente a la pantalla de un televisor.

Los festejos y carcajadas cuando ganamos una tarde de domingo. Las infinitas y sabrosas charlas mientras esperamos que los equipos salten a la cancha. Los periplos, por cielos de todos los continentes, detrás de una pelota.

¡Hijo mío, te pido perdón! Pero creo que el alborozo y el llanto incontenible cuando dimos la vuelta olímpica en La Paz y nos fundimos en un largo y apretado abrazo, lo compensa todo y me redime de mis pecados”.

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