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Uno de los grandes misterios que dejará este tiempo de pandemia es la razón por la que muchas personas en edad de vacunarse contra el covid-19 deciden no hacerlo, basadas en creencias y temores de los más variopintos e inverosímiles, pero que al final resultan determinantes.

Quién diría que aquella solución costosa trabajada contra reloj por un año en diversos laboratorios del mundo como única salida a la mortal presencia del virus en la vida de todo un planeta, movilice por un lado a unos que desesperadamente pagarían por tenerla en el hombro, pero por otro lado también deja escépticos y renuentes a otros.

El proceso de vacunación por rangos de edad se encuentra en estos días beneficiando a las personas mayores de 40 años, pero varios puntos de vacunación muestran poco o ningún movimiento ante la escasa afluencia de los habitantes.

Por esta razón, el Servicio Departamental de Salud (Sedes) de Santa Cruz ha solicitado al Ministerio de Salud que autorice la ampliación de la vacunación a las personas que tienen 30 o más años, siguiendo el orden descendente de rangos de edad, pero esta vez de manera adelantada.

Si hasta hace unas semanas el promedio diario de vacunación alcanzaba a 18.000 personas, ahora esa cifra se ha reducido a la mitad de atenciones. Si eso ocurre en Santa Cruz, el departamento donde más fuerte golpea la pandemia y donde más dosis de la vacuna se han aplicado, en otros departamentos se ha visto incluso una menor afluencia.

Los argumentos de quienes deciden no vacunarse van desde los que dicen “no sabemos lo que nos van a inyectar”, “la vacuna esteriliza a las personas para que no tengan hijos”, “con la vacuna inyectan un chip”, y una enorme cantidad de falacias, muchas de los cuales suenan no solo absurdas, sino también risibles por inconsistentes, dignas de admiración por el grado de imaginación con las que se crean.

La principal resistencia a la vacuna se observa en las áreas rurales, donde muy probablemente hay poca información para conocer los beneficios de la inyección. Tampoco se observa que los gobiernos desplieguen campañas de sensibilización y mucho menos se ve a las principales autoridades movilizándose para convencer a esas poblaciones.

En EEUU y buena parte de Europa, donde se ha alcanzado altos porcentajes de vacunación, los índices de contagio han caído considerablemente y las actividades económicas están volviendo de a poco, e incluso ya se organizan espectáculos masivos, como en el pasado. Esa es la prueba de que la vacuna funciona.

Pero en Bolivia el problema no solo está en el campo, sino también en las ciudades, donde muchos ciudadanos no acuden a recibir la segunda dosis. Se han conocido informes de centros de vacunación que llaman por teléfono a los enlistados y poco menos que tienen que rogarles que pasen a recibir la dosis complementaria. Y aun así muchos no concurren.

Si de verdad la gente quiere salir de esta crisis sanitaria, y volver plenamente a la educación, el trabajo, los deportes y los espectáculos, tiene que poner de su parte y hacer conciencia de que no se trata solo de reclamar soluciones, sino también de asumir responsablemente que en esta etapa del proceso le toca poner el hombro, y esta vez literalmente. Es preciso, por último, comprender que para salir de la pandemia tiene que estar vacunada toda o casi toda la población. Mientras eso no ocurra, aquellos que no reciban las dosis serán los nuevos propagadores del virus.

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