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20 de octubre de 2023, 3:00 AM
20 de octubre de 2023, 3:00 AM

Santa Cruz ampliará la emergencia departamental por escasez de agua e incendios forestales. No es el primer departamento en estas condiciones. Potosí sí es la primera capital, afectada por falta de agua, que declaró su incapacidad de luchar sola contra este problema, que ya causa zozobra. Las acciones gubernamentales son paliativas, pero de ninguna manera suficientes para frenar esta realidad que parece irreversible, que tiene que ver con el cambio climático y que está dejando desolación a su paso.

Las noticias son devastadoras: el lago Poopó, que es el segundo más importante de Bolivia, está convertido en un desierto de sal. La pérdida de agua del lago Titicaca es increíble e inquietante. El río Pilcomayo pierde agua y eso afecta a los habitantes de sus riberas, así como a la fauna que hay en sus profundidades. Los más golpeados por este problema son los que más necesitan apoyo del Estado, cientos de familias indígenas que ven cómo se rompe el equilibrio entre el hombre y la naturaleza.

El calentamiento global se ha convertido en “ebullición global”, según el secretario general de las Naciones Unidas. La emergencia es mundial. Sin embargo, hasta el momento en Bolivia solo hay acciones paliativas para aplicar el problema del momento, cuando lo que se necesitan son medidas estructurales que permitan mitigar el impacto del daño en el presente, pero también políticas de Estado para evitar que el drama de la sequía avance hasta robarnos las esperanzas.

Desde el Ministerio de Defensa se anuncia la perforación de pozos, entrega de donaciones para las comunidades afectadas y otras políticas más que costarán alrededor de 17 millones de bolivianos. Sin duda es necesario, pero no suficiente. Estas medidas son como poner una curita a una herida sangrante de la Madre Tierra.

Mientras se escribe este editorial, más hectáreas de bosques se incendian y destruyen en el afán de ampliar la frontera agrícola; se sigue cambiando el uso de suelo sin considerar la vocación que tiene la tierra. La pérdida de bosques trae como consecuencia que disminuyan las lluvias, la humedad del suelo da paso a la tierra reseca y deteriorada. Los pueblos indígenas que viven en las riberas de los ríos están padeciendo la sequía porque hasta brotes de infecciones peligrosas, como el hantavirus, han proliferado.

En las últimas horas se realizó una reunión del Consejo de Emergencia Departamental y hay que saludar la presencia del viceministro de Defensa y del director de la ABT; es decir, dos autoridades nacionales coordinando con las del nivel departamental a pesar de las diferencias partidarias. Es de esperar que el trabajo mancomunado ayude a paliar los problemas actuales, no solo en Santa Cruz sino en todo el país. Asimismo, las miradas concurrentes deben servir también para provocar cambios de fondo en las políticas que tienen que ver con el uso de la tierra.

Por ejemplo, se necesita frenar los avasallamientos de tierra y el descontrol que hay en el manejo de los recursos naturales. Probablemente el uso de la biotecnología ayude a producir más en menos espacio, con lo que se podría frenar la expansión agrícola. La lucha contra el narcotráfico debe permitir que las áreas protegidas ya no sean espacio para la siembra de coca ilegal y menos para la instalación de factorías de drogas. Es urgente sentar soberanía y frenar la desenfrenada explotación ilegal de oro en varios departamentos, con lo que también se pondrá coto a la contaminación de los ríos.

Hay que darse cuenta de que la emergencia es real y puede ser irreversible; que con cada incendio forestal se está hipotecando el presente y el futuro de la población. El gobierno tiene que contratar a expertos y dar ejemplo de conducción en este momento de crisis ambiental.

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