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Son las 10:00 del jueves en la ciudad capital y el bullicio acentuado por una protesta de comerciantes prima en el centro cruceño. El sol quema y Rosmery Chamacayo (26) ya está sentada en la acera de la catedral junto a sus dos niños: Cristian, de 1 año y seis meses; y Simón, de 3 años. Indiferente al pedido a los manifestantes, Chamacayo ruega porque la gente pase por su lado y le deje algunas monedas.

Canta en voz alta una canción que habla sobre el don de dar y recibir a fin de llegar a los corazones de los transeúntes, mientras el pequeño Simón la ayuda regalando una gran sonrisa.

“Sabe bailar, pero aquí no quiere. Baila tinku”, dice Rosmery refriéndose al talento de Simón. La joven y sus dos niños llegaron hace una semana a la ciudad capital desde Cala Cala, donde dejó a su esposo, su casa, su parcela y sus ovejas.

Son migrantes del norte de Potosí, que junto a decenas de familias se vuelcan a las calles en la época navideña para pedir monedas y vender dulces en los corredores del centro y en las rotondas de la urbe.

Rosmery apenas está aprendiendo a desenvolverse en la gran ciudad, ya que es el primer año que deja su pueblo natal para trasladarse a Santa Cruz de la Sierra y asegura no lo habría hecho si la crisis no hubiera golpeado tan fuerte este año a las familias del área rural, que están sintiendo los efectos de la pandemia.

Antes de subirse al trufi que la llevó a la ciudad de Potosí y luego al bus que la trasladó hasta urbe cruceña, Rosmery trabajó en su parcela con su esposo, sembrando papa, arveja y maíz, pero sabe que se necesitan más cosas para sostener a la familia. “No hay plata, este año ha sido muy difícil. Por eso mi esposo me dijo: anda, la cosecha todavía está para largo”, dice.

Por el momento está alojada en la casa de un familiar por la zona de La Ramada, de donde sale muy temprano para dirigirse a pie hasta el Casco Viejo. Permanece allí hasta las 19:00.

A unas cuantas cuadras se ubica María, de 25 años, con su canasta de dulces que compró para revenderlos en las calles. Su niña juega despreocupada y feliz en casi todo ancho de la acera. Deja de ofrecer por un momento sus dulces para compartir parte de su historia.

Es la segunda vez que llega a la ciudad capital, porque sabe que es el motor económico del país. No obstante, asegura que la crisis se nota en las ventas, pues ahora vende un promedio de Bs 40 y el año pasado “hacía” hasta Bs 100 en una jornada.

“Venimos aquí porque económicamente hay más movimiento, aunque este año estamos viendo que no hay mucho circulante (dinero). Esperemos que mejore a medida que se acerque la Navidad”.

No puede darse el lujo de gastar en el pago de alquiler, por eso se queda en la casa de una mujer, donde limpia a cambio de techo y comida.

“Estoy aquí hasta el mediodía, otros días voy a la Feria Barrio Lindo y otros, estoy por La Ramada. Debo juntar lo necesario para retornar a mi pueblo con algo de dinero, después de Año Nuevo”, cuenta la joven.

A su lado está Filomena Huanca, de 63 años, que llegó hace tres días de la provincia Chayanta. Viuda y con cinco hijos que tienen sus propias familias, manifiesta que debe buscarse sola su sustento, lo que la impulsó a llegar hasta Santa Cruz de la Sierra.

Espera acostumbrarse pronto al calor intenso y que la gente la colabore comprando. “Hay poca venta, apenas alcanza para comer. Allá tengo mi chacra, donde he sembrado papa y granos, como arveja y haba, pero se necesita dinero para comprar arroz, aceite y otros alimentos; por eso vine hasta aquí”, dice.

En las rotondas de la ciudad se ve gente enferma, que pasa horas bajo el sol para recibir la colaboración de la población.

Este es el caso de Juan Guzmán que trabajó mucho tiempo como taxista y un accidente que lo dejó en silla de ruedas. Según dijo, se ve obligado a pedir la ayuda de la gente, porque ninguno de sus seis hijos lo ha colaborado.

En la rotonda del Cristo un joven desafía el alto tráfico para mostrar un letrero, con el que pide ayuda para comprar las medicinas de su familiar.

Algunos de los que se paran en las rotondas también han optado por extender la mano y levantar un letrero que dice: te encargo trabajo o te pido una colaboración. Esto, porque también mucha gente se molesta de que en cada rotonda le toquen los vidrios del vehículo y le pidan colaboración, por eso algunos les gritan que vayan a buscar empleo.

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