27 de abril de 2023, 4:00 AM
27 de abril de 2023, 4:00 AM


Hace 30 años una de cada cinco personas en Bolivia no podía leer este artículo porque no sabía leer y escribir. Actualmente una de cada 20 no lo hace y esa es una muy buena noticia.

Lo propio con los años de educación: en 1992 la población mayor de edad tenía en promedio 6 años de estudio y ahora subió a 10 años, garantizando la educación primaria y una parte de la secundaria.
Pero no es suficiente para decir que la educación ha mejorado.

Los años promedio de escolaridad en Bolivia y Tailandia han sido casi similares en 1950 y en 2010. Pero el primer año Bolivia tenía el doble de ingreso por habitante que Tailandia y hoy tenemos la mitad de ingreso que el país asiático.

Respecto a la calidad de educación, no tenemos una idea concreta porque la última vez que nos medimos fue en 1997. Ese año la medición indicaba que la comprensión lectora en nuestro país era la más baja de Sudamérica.
Estamos erradicando el analfabetismo cuantitativamente, pero tendríamos una proporción grande de analfabetos funcionales, aquellos que pueden leer, aunque no entienden lo que están leyendo.

Como profesor universitario desde hace más de 18 años, estoy al tanto que nuestros bachilleres no tienen “en promedio” una buena capacidad lectora y escritora, independientemente del colegio de origen, la región geográfica o la casa superior de estudios donde estén.

Esta falta de competencias textuales podría explicar por qué los “retornos a la educación” son bajos en nuestro país. Varios estudios académicos coinciden que el ingreso adicional por estudiar un año más bajó de 10% a apenas 4%. Es decir, con un año más de educación mi ingreso sube apenas en promedio 4%.

En una investigación que publiqué el año pasado titulada
Años perdidos: informalidad y retornos a la educación, encontré evidencia que esta baja “rentabilidad social” de la educación podría estar relacionada con la informalidad.
En un texto que de veras disfruto La aventura del trabajo intelectual, escrito hace décadas por el filólogo Armando Zubizarreta, el autor señalaba que la universidad no debía formar profesionales o “personas que aplican el conocimiento existente a las necesidades prácticas de la sociedad”.

Tampoco debía producir científicos o personas “que, con la convicción de que el conocimiento teórico es un primer paso necesario de la praxis (o práctica) se dedican a la tarea de crear nuevo conocimiento”.

En lugar de eso debían crear personas cultas, aquellos quienes conocen y aprecian la historia, la naturaleza, la sociedad, las artes y la cultura. Sintetizó diciendo que “la persona culta se identifica como el ser humano libre, responsable y solidario con los demás, que participa en la aventura de ser hombre por ser hombre, en la cultura”.
No se puede ser culto sin tener las competencias básicas de leer entendiendo y escribir argumentando.

El profesor de Oxford Paul Collier apunta a que la lectura fue clave para generar empatía a nivel social en la Inglaterra victoriana del siglo XIX, elevando la categoría humana y dejando atrás el pasado bárbaro de ejecuciones públicas y duelos como medio de resolución de controversias.

Las especialistas en lingüística y filología María Pía Franco y Patricia Alandia publicaron la tercera edición de
Competencias textuales, un texto que no debería ser sólo para sus alumnos sino para todos quienes entran a la universidad, porque si no su paso será como decía Luis Alberto Sánchez, rector de la Universidad San Marcos de Lima, “un autobús donde uno sube, pero no sabe dónde llega”.

Al ver el primer diagrama del libro citado, creo que no nos entendemos porque no sabemos cómo comunicarnos. No sabemos escuchar, leer, argumentar, escribir y hablar.
Nuestro país tiene problemas estructurales que necesitan una comprensión integral. Y para ello necesitamos competencias textuales, como también cuantitativas y de pensamiento crítico.

La parte primordial para resolver un problema es comprenderlo. Y sin las competencias textuales es casi imposible resolverlo y peor solucionarlo.

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