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La siembra de árboles es el mejor compromiso con la sostenibilidad y el futuro. Representa aceptar que desde la siembra hasta la producción tendrá que pasar el tiempo que la naturaleza ha definido como imprescindible para llegar al momento de la cosecha. Plantar árboles de manera responsable y que se busque aprovechar sus frutos, requiere planificación pues los frutos no aparecerán de un día a otro.

Una estrategia productiva de naturaleza forestal y de desarrollo rural, por tanto, requiere de una visión de futuro. Lo que se plante ahora, es posible que sean otros quienes lo cosechen, pero significará el compromiso con el futuro.

En relación al café, existe un mercado mundial estimado en 6.800 millones de dólares en 2018, y se prevé que el café orgánico y/o ecológico alcance los 12.600 millones de dólares en 2026 sobre la base de la variedad de café arábica, que representa el 60% de la producción mundial, frente al 40% de robusta. Este dato ofrece 4 años por delante para preguntarnos si queremos aprovechar esta oportunidad que ofrece la realidad. En este momento, Bolivia produce el 0,03% de la producción mundial, teniendo las mismas posibilidades en extensión geográfica que Colombia.

No es desproporcionado plantear el cultivo de un cafetal del tamaño de Bolivia pues sus consecuencias son de una contundencia lógica. Cosolidar una cultura del café significaría relacionamiento social, cercanía humana y gratificación cultural; apostar por el trabajo, la siembra y la cosecha, fortalecer la producción rural ligada a la familia, las comunidades, el asociativismo y las cadenas de valor; consolidar la población en el territorio en torno a ciudades intermedias, manejar las claves del comercio internacional, reforzar la competitividad y la producción de otros productos que tienen la misma lógica en la cadena económica como el cacao, asaí, amaranto, quinua, chía, castaña, almendra, que pueden ofrecer oportunidades a otros territorios del país, y, apostar al turismo sostenible como resultado de la cohesión social.

Para lograr eso, debemos enfocarnos sobre la historia y la diversidad boliviana e incorporar en ella el café como línea narrativa, reforzando el turismo urbano y rural, y enlazándolo con las ciudades intermedias. El contexto, los desafíos, las potencialidades del sector, conocimiento de las cifras mundiales y el referente de Colombia como una construcción con resultados, muestran el camino con 546.382 caficultores, y que cada uno de ellos tiene 1,5 hectáreas de extensión.

Planteado en esos términos, tendríamos que masificar el consumo de café de grano boliviano, ampliar las áreas de siembra de café en el territorio nacional, y aprovechar la cultura del café como un instrumento de relacionamiento humano y presencia internacional.

En este esfuerzo colectivo por encontrar opciones, el café además de su valor natural, puede encontrar en el turismo una alternativa de cohesión y desarrollo, y fortalecer de manera sencilla, contundente y comprensiva las categorías de sostenibilidad, desarrollo y economía. Para profundizar esta reflexión, nos preguntamos ¿qué tendría que ver el turismo y el café con la solución de la violencia en la que nos debatimos? Recordemos que las sociedades violentas generan rupturas en los procesos democráticos y productivos y reproduce subdesarrollo, inseguridad y marginación. Un Pacto por el trabajo y el desarrollo sostenible, puede cambiar la vida de Bolivia.

El mercado interno está abierto si consideramos que en 2018 el país exportó 1,4 millones de kilos de café gourmet por un valor de 9,3 millones de dólares, entretanto importó 3,2 millones de kilos de café soluble/instantáneo por un valor de 15,5 millones de dólares y café en grano, 76.321 kilos por 580.686 dólares. Ya sabemos que solo el 20% de los tomadores de café boliviano lo hacemos de grano molido.

Ahí está una de las claves para vencer el subdesarrollo: preparemos el futuro, sembremos un cafetal del tamaño de Bolivia.

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