12 de julio de 2023, 4:00 AM
12 de julio de 2023, 4:00 AM


Bolivia es un país verdaderamente privilegiado. Como pocas naciones en el mundo, el país ha avanzado muchísimo, no solo en cuanto a su “seguridad alimentaria”, sino en la “soberanía alimentaria” lograda para casi todos los alimentos básicos, excepto el trigo y la harina de trigo, de cuya importación todavía dependemos altamente.

La historia da cuenta que la producción de este cereal, vital para la alimentación diaria de los bolivianos, decayó en los departamentos originalmente productores -en orden de importancia Cochabamba, Potosí, Chuquisaca, La Paz y Tarija- por causa de la minifundización de los predios productivos derivada de la Revolución Agraria de 1952.

El área de producción de trigo bajó a 80.000 hectáreas ese año y siguió cayendo hasta que recién en 1962 recuperó ese nivel; en 1963 superó con poco las 100.000 hectáreas, para decaer otra vez. Así, Bolivia pasó a depender de las donaciones asistencialistas de trigo extranjero, siendo que el tradicional sector triguero nacional no lograba recuperarse.

Fue la producción en Santa Cruz, al influjo del cultivo de la soya, lo que permitió ampliar el área de siembra hasta superar holgadamente las 100.000 hectáreas en 1993 y las 200.000 en 2016, nivel que se mantiene en promedio durante el último quinquenio.

En 1951, Bolivia producía cerca de 46.000 toneladas de trigo; producción que decayó desde 1952 y no se recuperó, sino hasta 1971, al superar las 47.000 toneladas. Como cultivo de invierno en Santa Cruz, en 1993 el país logró superar las 100.000 toneladas de trigo; en 2010 produjo por encima de las 200.000 toneladas hasta alcanzar un récord de 338.000 toneladas en 2015, aunque de ahí en más, no se logró repetir dicho pico.

La explicación de semejante crecida tiene que ver con la producción de soya en el Oriente boliviano; el trigo, como cultivo de rotación de invierno, ha llegado a convertir a Santa Cruz en el principal productor de dicho grano, hasta representar hoy el 75% del volumen total del trigo boliviano. Sin embargo, el clima adverso -stress hídrico-, el ataque de las plagas, el precio no atractivo, la ruinosa competencia del contrabando de harina y la inseguridad jurídica en el campo, impiden un mayor avance de la producción triguera.

Así las cosas, el gran capítulo pendiente de la seguridad con soberanía alimentaria del país es el trigo; en lo que va del siglo gastamos casi 2.000 millones de dólares importando principalmente harina de trigo que entra con arancel cero del Mercosur, afectando a las molineras que han bajado en cantidad y en el volumen del trigo importado que procesan.

¿Por qué no se produce más trigo en Bolivia? Principalmente, porque las zonas productoras por excelencia, de clima templado a frío en el interior del país, no tienen las dimensiones suficientes para hacerlo competitivamente, mientras que en el Oriente, el cultivo de trigo de invierno muchas veces no encuentra incentivos suficientes frente a otras opciones de mercado como el maíz, sorgo, girasol, chía y otros cultivos.

Cabe señalar a los detractores del “agronegocio”, que el binomio soya-trigo en Santa Cruz se da bajo el concepto de agricultura de precisión, con la rotación de cultivos y la siembra directa, de gran beneficio para la sostenibilidad de la producción y la protección del suelo, siendo que ayuda a bajar la incidencia de plagas y enfermedades; al control de malezas; la distribución adecuada de nutrientes; la retención de humedad y fertilidad del suelo, al mismo tiempo que reduce la emisión de Gases de Efecto Invernadero (GEI) por la menor quema de diésel, al no labrarse la tierra en cada campaña como en Occidente.

La demanda promedio nacional de trigo es de 750.000 toneladas al año. La producción en el país es de poco más de 300.000 toneladas, cubriendo cerca del 40% del consumo interno. La producción de trigo en Bolivia alcanzó un pico de 338.000 toneladas en 2015 y su segundo mayor volumen fue en 2021 con 336.000 toneladas. La importación de trigo en grano y harina de trigo en 2022 fue de casi 158.000 toneladas por más de 70 millones de dólares, con predominio de la harina (92%) sobre el trigo (8%).

Bolivia tiene las condiciones para ser, no solo autosuficiente en la producción de trigo, sino para convertirse en un exportador del cereal, de hacerse bien las cosas. ¿Exportar trigo?

Expertos en la materia sostienen que a corto plazo podría darse un virtuoso proceso de sustitución de importaciones de grano y harina de trigo, siempre que haya: Seguridad jurídica para la inversión y predios productivos; precio de garantía al productor agrícola; fertilización con urea nacional, garantizando su venta a “precio justo”; autorización del evento biotecnológico HB4 (trigo tolerante a la sequía); control del contrabando, principalmente de harina, que baja el precio del trigo; créditos de fácil acceso al productor de todo tamaño; y, una Comisión Permanente Público-Privada para ver acciones proactivas y correctivas. ¡Nada del otro mundo! Producir más trigo está en nuestras manos…

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