17 de febrero de 2022, 4:00 AM
17 de febrero de 2022, 4:00 AM


Hace un par de semanas, un internauta publicaba “Bolivia perdió en las eliminatorias. Pero ganó en Sundance”. Así, frente a la derrota de la selección nacional de fútbol, se destacaba el triunfo del director boliviano Alejandro Loayza Grisi con su película Utama. Esta recibió el Gran Premio del Jurado, en la categoría drama, en el reconocido festival de cine.

Días antes de esta premiación, Natalia López Gallardo -otra cineasta de origen boliviano- recibía la nominación al Oso de Oro (máxima distinción en el festival de Berlín) por su ópera prima Manto de gemas. Aunque esta producción representará a los países que contribuyeron a su realización (México, Argentina y Estados Unidos), esta es una razón más para sumar al orgullo boliviano. Un sentimiento que se ha alimentado en los últimos años con los mencionados logros y los de Daniela Cajías, Diego Mondaca y Kiro Russo, por nombrar algunos ejemplos.

Sin embargo, para dar continuidad a esta serie de conquistas en el mundo audiovisual, es preciso demandar políticas públicas que las motiven, acompañen y apoyen. Son múltiples e incomparables las razones para motivar el arte y la gestión cultural. Pero en esta ocasión pienso fundamental analizar dos argumentos, que se centrarán en el cine: (1) el potencial de este recurso para la narración y construcción de la identidad nacional; (2) la contribución de esta industria creativa al desarrollo social.

En la historia de Bolivia, como es el caso de varios de sus pares latinoamericanos, la diferenciación étnica, racial, social y económica ha motivado el distanciamiento entre sus ciudadanos. Distancias que incluso llegaron al enfrentamiento. Los hechos de 2019 son solo un ejemplo. La falta de un proyecto nacional colectivo ha impedido construir un “nosotros” boliviano, donde todos se sientan incluidos.
Sin embargo, desde la emblemática proyección de
Vuelve Sebastiana (1953), de Jorge Ruiz, el cine ofreció al país y a sus protagonistas -muchas veces invisibilizados- la oportunidad de verse, reconocerse y encontrarse, a través de la pantalla grande.

Son vastos los ejemplos de estos encuentros. Cada lector recordará las tantas veces que una escena, un diálogo, un personaje, o una canción, nos permitió conocer-nos más y mejor, a través de un filme boliviano.

Este es el resultado de la capacidad cinematográfica para narrar quiénes somos y, en consecuencia, para reconocer nuestras diversas identidades, que guardan una feliz coincidencia: el ser bolivianos. Reconocernos como tal puede ser uno de los caminos para trabajar las históricas prácticas de diferenciación. Más aún hoy, con una crisis sanitaria vigente, que ha profundizado la compleja situación social y económica del país.

Para trabajar este complejo escenario, también es preciso ver al cine -como a otros productos artístico-culturales- en su potencial para consolidarse como industrias creativas (industrias culturales o economías creativas). Además de alentar el desarrollo económico, estas tienen un potencial para trabajar los objetivos de desarrollo social (ODS), de manera transversal.

Como bien señala el informe sobre Contribución de la Cultura en el Desarrollo Económico en Iberoamérica (OEI, Cepal, 2021), las industrias creativas (IC) tienen un considerable potencial para construir imaginarios, que pueden contribuir directamente a los distintos ODS.

Este poder se basa en la gran capacidad -que tienen las IC- de difusión y apropiación de múltiples contenidos. También, en la incomparable virtud del arte para conmover y motivar una sensibilidad humana y social, que tanto se necesita para el desarrollo individual y colectivo.

Por lo mismo, y por el complejo contexto a consecuencia de la pandemia, el mencionado informe sugiere que “es más importante que nunca aprovechar el impacto multifacético de la cultura sobre el desarrollo sostenible”.

Esperemos que las autoridades bolivianas, en sus distintos niveles y regiones, hagan eco de esta importante recomendación. Esperemos que, luego de tantas demandas de cineastas, artistas y gestores culturales, inicie la función para las políticas públicas en el sector.

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