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Su caso debe ser uno de los más graves por los que atravesó una embarazada, por culpa del Covid-19.

María Matilde Égüez (36) se encontraba en el quinto mes de gestación cuando el virus empezó a hacer estragos en su cuerpo, que ya custodiaba dos vidas, la de ella y de su cuarta hija.

Inicialmente fue atendida en Montero, municipio donde reside junto a su esposo, Juan Carlos Terrazas, de ocupación mototaxista, y sus tres hijos mayores.

El cuadro fue agravándose hasta que le faltó el oxígeno y entró en crisis respiratoria. Ahí ya le sugirieron sacrificar a su pequeña para salvarse, pero se negó. Para ella no era opción cambiar una vida por otra.

“No se me vino a la mente sacrificar a mi niña. El médico me dijo preferimos salvar la vida de usted. Yo dije que no”, recuerda.

Matilde fue trasladada de emergencia hasta Santa Cruz de la Sierra, cuando en el hospital de referencia de La Pampa aún funcionaba la unidad de cuidados intensivos (UTI).

Ahí ya fue intubada. En total, pasó un mes y una semana en terapia intensiva y un mes en sala. Entró con cinco meses de embarazo y salió de siete.

En ese periodo tuvo dos paros cardíacos, tanto ella como su bebé sobrevivieron de forma milagrosa. Y cuando despertó, estaba sola, se sentía perdida y no sabía ni el año en que estaba.

“Me siento agradecida con Dios por darme una nueva oportunidad para vivir”, dijo.

Hasta diciembre, cuatro meses después de que le dieran el alta, Matilde todavía presentaba secuelas de la enfermedad. “No estoy muy bien, me duele todo el cuerpo”, confesó.

Precariedad

Debido la pandemia, la situación económica de la familia, que ya era precaria, empeoró de forma considerable.

“Todavía debo bastante del tiempo que estuve en terapia, fueron muchos los gastos en remedios. No recuerdo cuánto”, aseguró.

Antes del trance, ella se dedicaba a realizar limpieza en los hogares donde le pagaban por el día, pero tras el coronavirus, le ha tocado darse tiempo para que su organismo vuelva a ser el de antes, en la medida de lo posible.

La moto con la que trabaja su esposo no es propia, tiene que pagar renta, pero se ayudan con la venta de yuca y zapallo que producen en su vivienda, ubicada en la zona periférica de Montero, y donde carecen de servicios elementales como la luz y el agua.

Están pagando el terreno, la estructura de la casa está hecha de cartones y calaminas, tiene un solo ambiente, y tres camas para seis personas.

El agua es traída en moto, a diario, desde la casa de la suegra de Matilde, a 15 minutos.

La pequeña Ruth Cariné, que ahora tiene cinco meses de edad, nació con un problema de salud que le dificulta ir al baño con regularidad.

Estaban tratando de conseguir un médico en Santa Cruz para saber qué le pasa, porque en Montero aún no encontraban la respuesta.



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