Opinión

¿Quién será el nuevo presidente el 6 de agosto de 2020?

17 de diciembre de 2019, 3:00 AM
17 de diciembre de 2019, 3:00 AM

La ciudadanía boliviana ha tenido un curso intensivo de democracia los últimos meses. Los cambios que se han producido están generando momentos de incertidumbre y desconcierto y se multiplican las preguntas sobre el futuro. Quizá lo inteligente en este momento sea el identificar los elementos sobre los cuales las preguntas tendrán respuesta, liberando las crisis, contradicciones y conflictos, propios de cambios radicales.

Durante este periodo se produjo un acto de responsabilidad colectiva que se expresó en un voto ciudadano que permitió la victoria de Carlos Mesa sobre Morales en Santa Cruz, por ejemplo, que significó una lectura madura de la prioridad democrática. El denominado “voto útil” necesitó la aceptación voluntaria de un bien tutelado mayor.

Hubo un acto de aceptación de la wiphala como símbolo nacional, que superó la identificación ideológica que tenía exclusivamente con el MAS, en un acto de responsabilidad cívica que, junto con la bandera del patujú, unificaron la patria.

Se produjeron críticas sobre la reivindicación cristiana de una parte la sociedad, sumada a la realidad laica del Estado; las circunstancias sirvieron de amalgama entre creyentes en todas sus manifestaciones, ateos y agnósticos, y que, en una relación de respeto, aceptaron las manifestaciones de unos y otros como parte de una sociedad madura y tolerante.

A diferencia de otras movilizaciones cívicas y en las que se exacerbaban las contradicciones geográficas, identitarias y de clase (collas-cambas, pobres-ricos, empresarios-trabajadores), durante los 21 días se mantuvo una equilibrada convivencia colectiva. El “bien tutelado mayor” estableció un acuerdo societario que colocó por encima de las diferencias, la defensa de la libertad y la democracia.

Y quizá, el dato más significativo ha sido el que la población tomó el control del territorio en todas sus manifestaciones y relaciones. Seguridad, transporte, limpieza, relaciones interpersonales, ocupación y cuidado del espacio público, cultura, arte, creación colectiva, música, poesía, administración de flujos y suministros...

Hemos encontrado que los 21 días de la Revolución de las Pititas y las Rotondas, tienen un sustento en conductas acumuladas históricamente sembradas por Andrés Ibáñez con sus igualitarios en la década del 70 del siglo XIX; por las mutuales de la sociedad artesanal a inicios del siglo XX; por las movilizaciones cívicas y el sistema cooperativo de la solidaridad; por el compromiso del sindicalismo de la COB; por la apropiación del territorio, de la Participación Popular...

Sobre estas variables, ¿deberemos elegir al próximo presidente entre la temeridad y la osadía, el temor al cambio, frente a la defensa de valores republicanos y de ciudadanía? Ya sabemos que en sociedades informales y corporativas se imponen la relativización de las conductas, la complacencia con el amigo, la ausencia de controles claros y la defensa del mutuo socorro... Hemos comprobado hasta el cansancio que ahí, no hay ciudadanía.

¡Éste es el momento del crecimiento, de cualidad y de consciencia! La palabra puede servir para aclarar, justificar o confundir. La medida del reto es la fuerza de nuestro adversario, no nuestra propia lisonja. La apuesta es por la Presidencia de la República, no por la gobernación de un departamento.

¿Cuántos candidatos habrá para las elecciones de abril del 2020? ¿Acaso importa el número? De los 9 que habían, frente a la evidencia, seguramente más de la mitad no repetirán la dureza de la prueba. El objetivo ciudadano sigue siendo defender la libertad y la democracia, y la ciudadanía ya conoce el camino responsable. No podemos jugar con nuestro futuro y ahora tendremos un Órgano Electoral confiable.



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