El Deber logo
3 de julio de 2023, 4:00 AM
3 de julio de 2023, 4:00 AM


Hernán Terrazas/ Comunicador social

EL DEBER fue el único medio que destacó en el titular principal de su portada el cierre del periódico Página Siete por “asfixia económica”. El resto de los impresos priorizó el desenlace del culebrón masista, que concluyó con una provocadora restitución de Eduardo Castillo como titular del ministerio de Gobierno.

La noticia del ministro pertenece, en sentido estricto, a la coyuntura. Su relevancia se restringe la repercusión que podría generar en el MAS en términos de la correlación de fuerzas al interior de ese partido de cara seguramente a las elecciones de 2025. Tan simple cómo preguntarse quién ganó la pulseta, tan fácil como decir que Arce logró golpear el ego de Evo Morales. Hasta ahí.

Pero la desaparición de Página Siete obviamente tiene una trascendencia mayor. Es un tema que tiene que ver con la fortaleza de la democracia y la vigencia de las libertades. Cuando se pierde un medio crítico e independiente, desaparece una voz de referencia que contribuye a enriquecer la reflexión pública sobre los hechos que configuran la historia de todos los días, una mirada diferente que permite a las audiencias construir su opinión desde la pluralidad, más allá de que hoy la gente tenga una infinidad de canales de acceso informativo.

El titular de EL DEBER refleja una elección posible entre la información político-partidaria, que, por supuesto, ocupa un lugar y debe figurar en la agenda de las noticias de rutina, y el “tema”, que a juicio de sus editores es el que debería interesar/preocupar más a la gente. 

Y es que el cierre de Página Siete en un contexto de medios “asfixiados” - porque de una u otra manera los diarios más grandes y coincidentemente más críticos del país enfrentan una situación económica parecida- es una alerta muy seria, la insinuación del camino que podrían seguir otros si las cosas no cambian.

La “asfixia”, término exacto para definir los males que aquejan a medios impresos y audiovisuales, no solo tiene que ver con la presión gubernamental ejercida a través de las restricciones en la pauta publicitaria estatal y otras acciones abusivas, sino con otros factores. 

Los cambios en los hábitos de las audiencias, la disminución de la pauta privada, que en muchos casos prefiere invertir poco a cambio de mucha visibilidad en redes, una crisis de la propia información, que desde hace tiempo ya no empata con las expectativas de las nuevas generaciones y la polarización política que impacta sobre la credibilidad y confianza en los medios, son elementos que también están detrás de este tipo de desenlaces.

Si bien los impresos son por ahora los que enfrentan mayores problemas financieros, los medios audiovisuales tampoco escapan a esa realidad. Reducción de personal, deudas impagas con los trabajadores e incluso reducción pactada de los salarios, son moneda corriente en la mayor parte de los casos.
La amenaza de cierne sobre la pluralidad de la información, pero también, y este es uno de los aspectos más sensibles, sobre la estabilidad laboral de quienes todavía tienen un empleo en los medios, y los miles de estudiantes de comunicación y egresados de las universidades que llegan al mercado con más dudas que certezas sobre el futuro que les espera.

La primera pregunta es ¿qué pasó con el periódico Página Siete?, pero si las cosas no cambian a partir de esta experiencia dolorosa, la siguiente será una mucho más dramática: ¿quién sigue?