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26 de marzo de 2023, 4:00 AM
26 de marzo de 2023, 4:00 AM

Por Katia Camacho-Licenciada en Cs. De la Educación y Derecho, experta en Educación Superior

Los continuos cambios que vamos experimentando en el siglo XXI impulsan el desarrollo, de manera constante y significativa en la tecnología, economía e incluso en las normas sociales. En este marco la educación enfrenta desafíos que debe afrontar y preparar a todos los actores del proceso educativo para adaptarse a los cambios que trae el futuro, como el que recientemente experimentamos con la pandemia del covid-19.

La crisis de salud que vivió el mundo obligó a todo aquel que interactúa con la educación a crecer a pasos agigantados en el uso de tecnología, reinventar los recursos metodológicos e incluso cambiar los modelos educativos.

Nos ha preparado para que podamos cambiar de un modelo educativo cuya enseñanza esté centrada en los contenidos y memorización a pasar a un aprendizaje personalizado, centrado en el estudiante con el apoyo de la tecnología para vivir una mejor experiencia. El aprendizaje debe adaptarse a los cambios constantes, ello implica programas más flexibles para conducir al proceso permanente de adaptación.

Los docentes y estudiantes son el eje principal de este proceso. En el caso del primero de transmisores de conocimiento se transforman en facilitadores, que deben estar constantemente actualizados porque se constituyen en guías para que el estudiante transite por los retos del futuro.

La educación debe preparar a los estudiantes con miras al futuro del mercado laboral, ya que la dinámica de cambios en el planeta está transformando incluso algunos trabajos tradicionales en obsoletos y está gestionando nuevas profesiones. En este contexto el rol del docente es fundamental para facilitar el desarrollo de habilidades, tales como el pensamiento crítico, la resolución de problemas, creatividad y adaptación al cambio.

Nuestra sociedad también gestiona cambios en sus prioridades, hoy abanderan la inclusividad, la sostenibilidad, el eliminar las desigualdades para garantizar que todos tengan acceso a una educación de calidad, sin ningún tipo de discriminación de raza, género o condiciones socioeconómicas, así como otros factores.

Por otro lado, la creciente interconexión a nivel mundial exige a los estudiantes que puedan trabajar y conectarse de manera efectiva con personas de culturas diferentes, por ello los estudiantes deberán desarrollar sus competencias interculturales y habilidades de comunicación que los conviertan en ciudadanos para el mundo.

No podemos plantear una transformación de la educación para adaptarnos a los cambios sin asociarla a la innovación, no solo circunscrita a las nuevas tecnologías, dispositivos inteligentes o revolucionar las salas de clases –va más allá– necesitamos un ajuste de mentalidad, de procesos e incluso de paradigmas.

La educación en el nuevo siglo debe enfocarse en todos los ámbitos desde la innovación, la colaboración y adaptación, de esta forma preparamos a la sociedad a las dinámicas de un mundo cambiante para que responda de manera activa y propositiva, con conocimiento, habilidades y destrezas, enfatizando en el desarrollo de habilidades blandas y de valores, entendiendo que la educación es el motor principal para el desarrollo de la sociedad.

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