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POR:THE CONVERSATION


Uno de los grandes estudiosos del entrenamiento deportivo, Kazimierz Fidelius, estableció un modelo clásico biomecánico. En él se concebía al ser humano como una biomáquina conformada por tres grandes sistemas.

Primero, el de dirección, representado por el cerebro. En segundo lugar, el sistema de alimentación, conformado por todos los órganos implicados en los procesos de transformación de energía. Por último, el denominado sistema motor, el aparato locomotor.

De acuerdo con Fidelius, el movimiento sería el responsable de que estos se perfeccionasen y retroalimentasen. Se lograría así una mejora de la condición física y, por tanto, de la salud.

La actividad repercute

La evidencia científica indica que las personas que han llevado una vida activa tienen menor riesgo de padecer demencia. Del mismo modo, estudios longitudinales señalan que las posibilidades de padecer cáncer parecen verse atenuadas ante un estilo de vida activo.

A nivel cardiovascular, contribuye a que el corazón se fatigue menos. Gracias a la actividad física, este órgano bombea más sangre en cada latido. Por lo tanto, necesita latir menos veces por minuto para proporcionar oxígeno a todo el organismo.

Si además la actividad es de cierta intensidad, incrementa la capacidad de los pulmones para absorber y transportar el oxígeno, retrasando la aparición de la fatiga.

Las fibras musculares, por su parte, mejoran su vascularización. Esto favorece la captación de glucosa, disminuyendo la concentración de la misma circulante. Es decir, hay un mayor control del llamado “nivel de azúcar en sangre”.

Existen otras adaptaciones generadas gracias a la actividad física. Por ejemplo, mayor absorción de calcio por parte de los huesos, que disminuye el riesgo de presentar osteoporosis.

También la movilización y posterior oxidación del tejido adiposo (grasa) para convertirlo en energía. Es un proceso que ayuda a controlar el peso corporal.

Además, aumenta la elasticidad de las arterias, contribuyendo a reducir la hipertensión, e incrementa la liberación de opiáceos endógenos (como la endorfina), que favorecen la sensación de bienestar.

Sin embargo, poco se sabe sobre lo que ocurre cuando las personas que son activas dejan de serlo.

Pérdida de actividad

Existen estudios que han confirmado la reversibilidad de los beneficios de la actividad física en ausencia de la misma. Entre otros, se pierde masa ósea y muscular, se aumenta de peso o se deteriora la capacidad cardiorrespiratoria.

Ahora bien, la gran mayoría de estas investigaciones se realizan en personas que han estado sujetas a periodos de inmovilización (pacientes encamados), astronautas o deportistas de élite. Por ello, los resultados no son transferibles a la población general.

Para poder identificar con más o menos claridad qué ocurre cuando una persona que ha sido activa deja de serlo es necesario diseñar un estudio de cohorte longitudinal. Hacer un seguimiento a un grupo poblacional durante un periodo determinado.

En él se debería recoger información sobre el nivel de actividad física que una persona realiza, pero también de otras muchas variables ligadas a su estilo de vida y salud. Es el caso de los hábitos de nutrición, sueño o trabajo, así como el control de las distintas patologías de los participantes durante el estudio.

La solución pasa por el empleo de acelerómetros, que monitorizan la cantidad de actividad física realizada de manera objetiva.

Sin embargo, para poder determinar el nivel de actividad o su disminución, los participantes tendrían que portar la herramienta durante todo el estudio. Como mínimo, durante intervalos previamente establecidos.

También existen otras muchas variables ligadas a su estilo de vida y salud. Es el caso de los hábitos de nutrición, sueño o trabajo, así como el control de las distintas patologías de los participantes durante el estudio.

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