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POR: SILVANA VINCENTI

Una publicación en The Conversation rescata un estudio realizado en España, publicado en Frontiers in Psychology, se informa que 8 de cada 10 padres participantes percibieron cambios en sus hijos durante el confinamiento. Dificultades de concentración, inquietud, intranquilidad, nerviosismo, enfado, aburrimiento y una mayor dependencia de los padres fueron reacciones frecuentes de los niños y adolescentes durante las primeras semanas de la pandemia.

La investigación dice que el uso de las pantallas aumentó de forma considerable, así como el sedentarismo. Los síntomas emocionales y conductuales que los niños manifestaban se relacionaron con un nivel de estrés mayor en los padres.

La sicóloga familiar Jéssica Pedraza reconoce que en su consulta aumentaron casos con tintes específicos, incluso los que apuntaban a la sexualización de menores entre los 11 y 12 años.

“Hubo mucho acceso a contenido para adultos y no se dio la supervisión ni la orientación, lo que repercutió en que los menores incurran en acciones no propias de su edad”, explicó.

Otra situación que evidenció la experta en Sicología tiene que ver con las dificultades para adaptarse a la nueva rutina, y que ha repercutido en otras cosas, como el ensimismamiento, afectación de las habilidades sociales. “Me ha tocado atender niños que comen más, que están más sensibles, etc.”, dijo.

Para Pedraza, toda la pandemia genera incertidumbre en adultos y niños, inestabilidad emocional. Dice que el niño -en particular- no tiene el recurso para identificar esta situación, o hacer un poco más consciente lo que está viviendo y sintiendo.

“Generalmente se expresa de otra forma, pueden aparecer comportamientos que denoten un poquito más de ansiedad, como comerse las uñas, no poder dormir, tener un poco más de apetito, comer a deshora, o también pueden incrementarse los berrinches inesperados. También he observado niños que, en plena etapa de desarrollo, hasta han retrocedido un poco”, indicó.

Pedraza, en el caso de los adolescentes, tiene la percepción de que se están encerrando mucho, adoptando una posición cómoda con la cuarentena y están ya llegando a niveles de aislamiento familiar porque el mundo que tienen al alcance es el teléfono.

“No salen ni del cuarto. Si ya la adolescencia es una etapa vulnerable e inestable, el encierro ha propiciado que tengan ese ensimismamiento con sus sentimientos”, explicó.

El estudio en España detectó que en especial riesgo se encontraron los niños más vulnerables o aquellos que sufrieron la pérdida de algún familiar. “Cuando los confinamientos son largos o se van prolongando en el tiempo, la probabilidad de afectar a nuestra salud mental es mayor”, argumentó la investigación.

Del mismo modo, el documento aseguró que los niños rellenan la falta de información imaginando con frecuencia una realidad mucho más terrible que la que está sucediendo, lo que aumenta su preocupación e inquietud. “Permanecer sin salir de casa privó a los niños del movimiento y de la estimulación sensorial que tanto necesitaban”, agregó el estudio.

Pedraza recomendó a los padres hacer un seguimiento más efectivo a sus hijos, hablar mejor con ellos y explicarles las distintas situaciones inherentes a la pandemia. “Hay que averiguar la causa de toda conducta que muestre cambio repentino”, sugirió.



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