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La tierra que hoy celebra 211 años de grito libertario vive un momento singular de su historia, marcado principalmente por el contraste de su indiscutible protagonismo económico y poblacional en el país frente a una curiosa situación de marginación y enemistad autodeclarada por parte del Gobierno nacional con relación a la región.

Si a alguien le quedaba dudas de la actitud del Gobierno frente a Santa Cruz, solo tiene que revisar el discurso del presidente Luis Arce el 17 de septiembre reciente con motivo de la inauguración de la Expocruz, cuando vino a enrostrarle a la región su manida acusación de golpe de Estado, en una directa provocación precisamente al pueblo que paró 21 días en 2019 hasta lograr la renuncia de Evo Morales por el fraude electoral de ese año.

De allí en más, un acto que debió ser solemne, terminó en griteríos, a los que aparentemente el país se va acostumbrando allí donde Arce lea un discurso. Recuérdese, en ese sentido, la bochornosa sesión del 6 de agosto en el nuevo hemiciclo parlamentario.

Santa Cruz es la piedra en el zapato de los gobiernos porque aquella vocación libertaria de 1810 no es parte de su vieja historia, sino una actitud de vida permanente que no ha cambiado desde entonces y que se hace manifiesta allí donde se percibe un designio autoritario y antidemocrático.

Es esa convicción la que derivó en una participación ciudadana que tuvo un rol determinante en los cambios políticos de aquel año, como muy pocas veces ha ocurrido en las décadas recientes, porque Santa Cruz es una tierra principalmente de trabajo. No otra cosa se desprende de la imparable migración interna de bolivianos de otras regiones que llegan aquí con la esperanza de encontrar o forjar oportunidades productivas, que les den un mejor futuro a ellos y a sus hijos.

Santa Cruz es la tierra que resistió siglo tras siglo el olvido del centralismo y que vivía en condiciones de pobreza mientras Occidente crecía a pasos agigantados por el auge de la minería; es la tierra que aun así en pocas décadas transformó esta llanura de economía de pueblo chico, de bueyes, carretas y una que otra producción artesanal de baja escala, en la floreciente región agroindustrial hoy imprescindible en la generación de alimentos, empleo y productividad en la que todos quieren vivir.

Santa Cruz no le pide nada a nadie, y mucho menos al Estado central: con que la dejen vivir en paz es suficiente. Santa Cruz aporta al país mucho más de lo que recibe de retorno, y ni siquiera eso reclama. Pero tampoco quiere Santa Cruz que el Estado central persista en su afán neocolonizador de someter a esta tierra a la tiranía de una migración política interesada que en el camino se propone depredar nuestros bosques y ocupar tierras avasallando propiedades, pasando por alto las leyes o pisoteando los derechos de los pueblos indígenas del Oriente, que en estos días marchan con esa preocupación a cuestas.

Que no se crea que Santa Cruz no percibe la codicia del poder eterno que buscan los caudillos que detentan circunstancialmente el poder nacional. Santa Cruz es la garantía de que los intentos autoritarios se quedarán en ese verbo: intentos. Hay algo en estas llanuras cálidas que hacen en sus habitantes irrenunciable la sed de libertad. El espíritu de aquella gesta emancipadora de hace 211 años no ha cambiado, y por el contrario se ha extendido, ahora a más de tres millones de habitantes. Y esa es una razón poderosa para decir en este 24 un emocionado ¡Viva Santa Cruz!.

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