Opinión

Santa Cruz ha echado a Evo

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14 de noviembre de 2019, 3:00 AM
14 de noviembre de 2019, 3:00 AM

Alejandro Navas

La conexión de Santa Cruz (Bolivia) con Pamplona tiene historia. A comienzo de los sesenta estudió aquí Filosofía y Letras Alcides Parejas, hoy “cronista oficial” de Santa Cruz. También en esa época cursó Medicina en la UN Alberto Seleme: fue luego un prestigioso psiquiatra (murió pronto y hoy una calle en la ciudadd lleva su nombre)..

La venida de cruceños a Pamplona se interrumpió unos años y en la última década han vuelto: alrededor de cincuenta alumnos cursan hoy sus estudios en la UN. En general, se trata de estudiantes capaces y trabajadores. Se quejan del frío y de la humedad del norte, pero se muestran muy satisfechos de la formación adquirida.

Los lazos creados con Bolivia me han permitido viajar durante los últimos años a Santa Cruz, donde vengo dando clase en algunas de las más prestigiosas universidades locales. He tenido ocasión, por tanto, de familiarizarme con la realidad social boliviana.

El departamento de Santa Cruz tiene una superficie similar a la de Alemania o Japón –Bolivia equivale al doble de España-. La ciudad, con algo más de dos millones de habitantes, crece como pocas en el mundo. Es el motor económico de Bolivia, y destaca por el carácter emprendedor de sus habitantes. Para la sensibilidad europea hay tal vez exceso de dinamismo y defecto de orden. Un par de pinceladas gráficas lo explican mejor que prolijas descripciones.

En mis desplazamientos por la ciudad pasaba con frecuencia delante de una casa con jardín y entrada de garaje. Una señal prohibía estacionar delante del vado. En Europa es frecuente que a esa prohibición le acompañe la advertencia “Se avisará a la grúa”. En este caso, se leía: “Se pinchan llantas”. Eso es Santa Cruz.

Acompañé a un antiguo alumno para hacer en coche diversas gestiones en la víspera de su boda. En un momento determinado, realizó una maniobra prohibida –infracción leve, no hubo peligro para nadie-, con la mala suerte de que un policía se encontraba ahí mismo. Indicó al conductor que se hiciera a un lado, se supone que con ánimo de multarlo. Al dejar sitio para que pudiera aparcar, mi amigo aprovechó para acelerar y darse a la fuga. Le reproché lo arriesgado de su conducta, pues hubiera podido acabar en la comisaría con peligro para la boda que debía celebrarse al día siguiente. El infractor se limitó a sonreír ante mis remilgos de europeo civilizado. Eso es Santa Cruz.

El departamento cruceño ha vivido tradicionalmente a espaldas del Estado boliviano. Dos veces se declaró estado federal, y en ambas ocasiones el gobierno central reprimió la “sedición” con brutalidad. 

Hay resistencia hacia todo lo que viene de la capital. Esa circunstancia ha estimulado un notable espíritu de cooperación: si no cabe esperar ayuda o solución de La Paz, es obligado juntarse para afrontar los problemas. Proliferan las cooperativas, tanto en el sector agropecuario como en la industria o en los servicios. En la ciudad hay centenares de “hermandades”, que más allá de cultivar la gastronomía movilizan energías sociales. 

Es tradición que los cruceños agrupen fuerzas cuando deben enfrentarse a cualquier reto de envergadura. Y ese talante se advierte ya en los jóvenes. En las universidades cruceñas he encontrado alumnos que me preguntan –“oiga, profe”- qué hacer, si acabar los estudios o dedicarse a la empresa que han creado y que, lógicamente, absorbe gran parte de su atención. Ni en Europa ni en el resto de Sudamérica he encontrado esa actitud emprendedora.

Cuando dejé Santa Cruz a final de septiembre, en plena campaña electoral, mis interlocutores locales ya me avisaron: Evo recurriría al fraude para falsear el resultado electoral y los cruceños no estaban dispuestos a permitirlo. A la tradicional oposición política se sumaba la indignación causada por los incendios en la Chiquitania: ha ardido tres veces la superficie de Navarra. 

El gobierno de Evo alentó esos incendios al prometer cincuenta hectáreas de bosque quemado a todo campesino que quisiera cultivar esa tierra. Tras esa medida había también un cálculo electoral: llevar a Santa Cruz gente del occidente del país para ir alterando el censo y aumentar así el apoyo al gobierno.

En la mejor tradición cooperativa, las fuerzas vivas de Santa Cruz se reunieron en el Cabildo para organizar la resistencia contra Evo. La revuelta no ha sido liderada por políticos profesionales, sino por representantes de la sociedad civil. Luis Fernando Camacho, joven empresario, ha destacado como líder nacional, pues la protesta se extendió enseguida al resto del país.

La policía se sumó al motín y las fuerzas armadas se negaron a defender al Gobierno: la suerte de Evo estaba echada. Su renuncia no es más que un primer paso, aunque muy relevante. Ahora toca construir, tarea más difícil. De todos modos, ya hemos presenciado lo nunca visto: una ciudadanía que se moviliza para evitar que un presidente tramposo se perpetúe en el poder.



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