18 de abril de 2023, 4:00 AM
18 de abril de 2023, 4:00 AM


Una serie de profetas, cada cual, con peor o mejor predicamento, vienen anunciando la caída, cierre o clausura de la globalización (o mundialización como prefieren los franceses). Durante varios años y, con particular insistencia, desde la explosión de la pandemia de covid-19, seguida por los ataques y restricciones de la guerra comercial de EEUU contra China y, ahora, con la invasión rusa a Ucrania, los augures del final de la globalización se han multiplicado, expresando gozo, pesar o miedo, según la inclinación de cada uno.

La base de tales pronósticos parece ser la creencia de que la globalización se define, casi exclusivamente, por acuerdos y flujos financieros y comerciales. El análisis catastrofista tiende a omitir que estos pactos experimentan permanentes cambios, ampliando o estrechándose según las coyunturas y, a veces, como ocurrió en el auge de la pandemia de covid-19, dejan de funcionar, independientemente de la voluntad de los “agentes económicos”.

Tales modificaciones, incluyendo los estrechamientos de circulación de mercancías, por motivos políticos, sanitarios o cualquier otro, no terminan con la globalización, que en esencia es la fase actual de evolución del capitalismo, o la de la IV o III (Rifkin) revolución industrial.

Suele olvidarse que la conversión de China en la gran factoría mundial, a finales del siglo XX, llegó a condensar y representar la globalización económica, porque para que la conversión y transferencia productiva fuese posible, era indispensable la aceleración de la circulación de capitales, explotando las nuevas tecnologías en comunicación e informática, y la ultramasificación de la producción china estimuló el consumo mundial, democratizando el acceso de mercancías de acceso previamente restringido. En otras palabras, el avance y transformación de China es resultado y motor de la venerada u odiada globalización.

La caída de la URSS y, tras ella, del bloque de países europeos que había quedado bajo su dominio después de la Segunda Guerra Mundial, vino a ser la condición política para que el predominio capitalista en el mundo signifique simultáneamente la constitución de una nueva fase de esta forma de organización social.

Internet pasa a ocupar el lugar de la base tecnológica de la sociedad globalizada que facilita los nuevos alcances de la difusión de una cierta tendencia a la homogenización política y el veloz avance de la globalización cultural. El momento unipolar ha cedido terreno a una nueva correlación de fuerzas, donde las divisiones internas y otras señales de desgaste del predominio estadounidense, dejan espacio para que China y otros países y regiones crezcan y se proyecten políticamente.

Pero, esa redistribución ¿modifica verdaderamente la naturaleza de los moldes político, económico y cultural de la globalización?

No lo hace en cuestiones fundamentales, como el predomino del capitalismo -sea en su versión clásica o de capitalismo estatal-, el reinado del capital financiero que se remonta a la etapa imperialista. La aceleración y el crecimiento del “tecnocapitalismo”, con el avance cambiante de sus ramas -informática, genética, robótica- es el rasgo económico más peculiar y dinámico de la globalización que, muy lejos de amenazarla, la consolida.

La globalización política permanecerá, mientras se mantenga el equilibrio precario entre la preeminencia de nodos de poder en la “sociedad red” mundial, frente a las oleadas democratizadoras de las sociedades civiles que, pese a tropiezos y regresiones, cuestionan los modelos de representación elitistas y pro oligárquicos, impuestos por encima de la autodenominación ideológica de los distintos regímenes imperantes.

La globalización cultural, asociada a los vientos cambiantes del consumismo a ultranza, es el espacio donde puede verse con mayor facilidad que los intentos por detenerla resultan impotentes. La suposición inicial de que los flujos serían cada vez más unilaterales en favor de las corrientes colonialistas, se ha tropezado con la eclosión de productos de una gran diversidad de culturas que han sobrepasado los límites locales y han llegado hasta los últimos rincones del planeta.

La globalización capitalista -la que existe- muestra que ninguna crisis -incluyendo la ambiental, que podría marcar la diferencia- ha logrado terminar con el sistema. En esta fase de su expansión universal ha probado, hasta la saciedad, que es un sistema intrínsecamente formado en crisis y que se alimenta de ellas. Cualquier forma de poscapitalismo que pretenda superarlo tendrá que demostrar su fortaleza y superioridad en ese plano, y tendrá que hacerlo globalmente.

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