Opinión

Serenidad

12 de agosto de 2021, 5:00 AM
12 de agosto de 2021, 5:00 AM

Tengo la impresión de que estas semanas han sido desesperanzadoras para varias personas, independientemente de nuestras posiciones políticas y creencias religiosas.

En lo productivo porque el alborozo de tener un crecimiento mayor al 5% en el primer cuatrimestre se ve contrarrestado porque estamos todavía en un nivel similar al de 2018. La recuperación está comenzando, pero es muy gradual para las necesidades de la nación.

En lo comercial porque los ingresos de recursos externos por exportaciones netas de bienes y remesas de más de $us 1.500 millones en el primer semestre, no son suficientes para contrarrestar las salidas por importaciones netas de servicios, pagos de deuda, contrabando y otros, de tal forma que las reservas de divisas cayeron más de 500 millones en similar periodo.

En lo social porque la recuperación de la cantidad del empleo, 300 mil puestos más que en el primer trimestre de 2020, se ve apañado por el deterioro de la calidad. Las cifras muestran que el empleo en las empresas constituidas y los emprendimientos familiares habría caído un cuarto de millón de puestos entre los últimos trimestres de 2019 y 2020.

En lo sanitario porque a nivel mundial no existen signos claros de fin de la pandemia del covid-19, sino de la conversión de esta en una endemia permanente. Y en lo nacional porque el ritmo de vacunación se ha moderado por la falta de estas (en especial segundas dosis) como por la menor asistencia de la población a los centros de inmunización.

Lo propio pasa en otros ámbitos del transcurrir del país, donde tenemos algunas señales alentadoras, pero también vulnerabilidades que persisten y deben ser encaradas por el bien del país.

Pero probablemente la herida que más nos duele es la política. Tenemos dos versiones de la historia reciente que han dividido de forma casi irrevocable a la población. Cada una tiene méritos como también sus flancos débiles.

Independientemente de cuál es la realidad detrás de los hechos, millones de personas concuerdan con una de estas visiones y, por tanto, discrepan profundamente de un número similar de conciudadanos. Tengo tantos amigos de uno y otro lado a los que me encantaría saludar, conversar y abrazar, pero murallas ideológicas (y sanitarias) me lo impiden.

Como fuese, estamos heridos sanitariamente, divididos políticamente, decaídos económica y socialmente. Los miedos más profundos se han concretado; y la mente, alma y cuerpo del país y de quienes lo componemos están más frágiles. Discrepo profundamente de la visión de Alcides Arguedas, pero el título de una de sus obras más famosas, Pueblo enfermo, retrata nuestro actual sentir.

Poco o nada podemos hacer. Mientras más percibimos los hechos cotidianos, más ansiedad y depresión cubren nuestra psiquis colectiva e individual.

Frente a eso, vibra en mi ser la Oración de la serenidad atribuida al teólogo Reinhard Niebuhr (1892-1971), que inicia así: “Dios concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar; valor para cambiar las cosas que puedo; y sabiduría para reconocer la diferencia.”

Necesitamos paz espiritual, relacional y emocional en medio de este gran confinamiento. Y esa sabia distinción es clave para afrontar esta pesadilla.

Antes de continuar con la oración, aclaro con firmeza que sostengo la noción de un Estado laico. No estoy de acuerdo ni que la Biblia ni la Pachamama estén en las esferas de poder. En lo personal, estoy dolido porque ese Manual de vida ha sido continuamente desprestigiado por acciones que van en contra de convicciones.

Pero creo que solo en Dios hallaremos esa perfecta serenidad. Por eso, transcribo la parte final de la oración:

“Viviendo un día a la vez, disfrutando un momento a la vez, aceptando las dificultades como un camino hacia la paz. Tomando, como hizo Jesús, este mundo pecaminoso como es, no como yo lo hubiera querido. Confiando en que Él hará todo bien si me rindo a tu voluntad para que pueda ser razonablemente feliz en esta vida; y sumamente feliz con Él para siempre en la próxima”.

Amén.

Pablo Mendieta es Economista


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